CHÁCHARA DE FIN DE FIESTA

. 13 sept. 2008

Llegamos al final de la Expo, amigos, y como llevo unos días sin aparecer por aquí y veo que se me van a quedar un montón de majaderías en el teclado, el artículo de hoy es doble. Sí, ya lo sé: muchos se preguntarán con razón, ¿y por qué no se guarda sus majaderías en el teclado y nos deja en paz? Debería hacerlo, en serio, pero a la empresa que me paga no le gusta que deje huecos en blanco, quiere que produzca bien de letra. El silencio no se cotiza todavía en el mercado. Pero no es esa la razón por la que quiero darles la brasa hoy de forma especialmente indecente: es que me siento como en un fin de fiesta real. Es decir, me siento ya agotado, pastoso, tirado en un sofá del fondo del local y acompañado por gente a la que no conocía antes de empezar el jolgorio. El final de fiesta es el momento de esa plática morosa, que salta de un tema a otro sin sentido, que se recrea en la satisfacción crápula de una noche que ya clarea. Así que déjenme divagar un rato antes de que enciendan las luces y nos echen a la calle. La lectura, bien lo saben, es voluntaria. Los que ya estén cansados de mí pueden despedirse a la francesa, nadie se lo reprochará.

Parte uno: el mensaje final.

Un gran diario nacional publicaba el otro día dos paginones de balance de la Expo. El reportaje repartió algo de estopa, poniendo en evidencia algunas evidencias que todos -evidentemente- habíamos observado. En resumen, venía a decir que la Expo no ha servido para abordar ni concienciar ni impulsar ningún tipo de cambio en la política de gestión del agua, ni a aportar luz sobre el tema. Elemental.

El otro día, en una tertulia televisiva, compartí plató con una de las responsables de la Tribuna del Agua, que fue a hacer balance de la actividad desarrollada estos meses. Cuando se animó el debate, la verdad es que los dos contertulios fuimos un poco duros con ella y, en un tono quizá demasiado vehemente (soy un tipo calmo de mi natural y me sorprendo cuando me da un subidón) le dijimos que era una lástima, que se había perdido la oportunidad de dar realce a esos debates y que, en realidad, las cuestiones tratadas habían pasado prácticamente desapercibidas para la opinión pública. Ahora se queda una cantidad ingente de material que será objeto de estudio, pero que probablemente no salga nunca de las universidades ni de los centros de investigación.

Pero es que, ¿podía ser de tora forma? Inspirándose en la extraña experiencia del Fórum de Barcelona, la Expo incluyó la Tribuna del Agua y El Faro como espacios de debate y concienciación sobre el tema que servía como excusa a la muestra, pero, ¿realmente alguien creía en serio que la Expo se iba a centrar en eso? ¿Alguien lo esperaba?

Las expos son lo que son, y todo el mundo asume tácitamente para qué sirven. Se adornan con retórica, se maquillan, se presenta un proyecto más o menos sólido, pero el fondo es el que es: ofrecer una oportunidad sin igual de desarrollo y proyección internacional a la ciudad que las celebra. Por tanto, lamentar que no se ha llegado a ninguna conclusión es un poco ingenuo, porque no era ese el objetivo. Ahora bien, podemos lamentar la vacuidad y frivolidad del mundo en el que vivimos, podemos lamentar una y mil veces que la gente con ideas y propuestas interesantes nunca encuentra un altavoz adecuado para hacerlas oír, pero sin perder de vista la realidad.

¿Que sería bonito que los cinco millones y medio de visitantes hubieran acudido a escuchar a los gestores de agua en Brasil y a aprender a ahorrar agua siguiendo las técnicas milenarias de los agricultores del Yangtsé? Pues claro que sí, pero ustedes y yo sabemos que esos cinco millones y medio de personas han ido a Ranillas a pasar un rato divertido, no a escuchar a Gorbachov. Quien piense lo contrario, no conoce el mundo que pisa.

Así pues, no hay decepción posible en ese nivel más "teórico" o "social". Para que la hubiera, tendrían que haberse creado unas expectativas que estoy seguro que nadie (o casi nadie) tenía.

Parte dos: la juerga propiamente dicha.

Una vez quitada la careta y declarado sin complejos que somos unos frívolos que solo hemos venido a la Expo a divertirnos, hablemos de esa diversión.

El viernes se vendió el concierto de Gloria Estefan en la Feria de Muestras como la previa a la traca final de hoy. Si mal no recuerdo, era el tercer sarao que Expoagua montaba en tan apartado paraje, después de Bob Dylan y Bunbury. La noche estaba fresca, aquello está muy pero que muy lejos y, seamos honestos, Gloria Estefan no es una artista "llena estadios". Consecuencia: poco más de 6.000 espectadores. Un fiasco en un sitio donde caben hasta 40.000 personas sin estorbarse.

Mientras la cubana intentaba calentar la gélida noche del extrarradio zaragozano, servidor pasaba frío disfrutando de uno de los conciertos más exquisitos y emocionantes que ha tenido a bien programar la Expo: el de Antony and The Johnsons. Una maravilla deslucida por el cierzo y por lo inapropiado del lugar, pensado para conciertos marchosos. El minimalismo orquestal y los prodigios vocales de Antony and The Johnsons están pensados para un teatro, disfrutados por un público silencioso y acomodado en butacas. Aún así, contra todo pronóstico (no es precisamente una música comercial, sino que tira a la vanguardia y se dirige a paladares finos y educados), el anfiteatro de Ranillas se llenó. Seguro que no todos eran fans de Antony, pero congregó a 8.000 valientes que aguantaron hasta el final con educación y entrega un concierto exigente y difícil.

Y digo yo: ¿no hubiera sido mucho más acertado llevar a Gloria Estefan al Anfiteatro, donde cabían de sobra las 6.000 y pico personas que querían verla, y otro par de miles de propina, y haberle buscado a Antony un acomodo más discreto en el Palacio de Congresos, aunque fuera programando su espectáculo dos o tres noches para que pudiera ir más gente?

A toro pasado, puedo decir que lo de la Feria de Muestras ha sido un despropósito que responde al empecinamiento municipal. Un lugar que solo se llena con los Rolling Stones o con Madonna, pero que pincha con cualquier otra propuesta. Se han programado en la Feria actuaciones que podrían haber cabido mucho mejor en el Príncipe Felipe o en el mismo Anfiteatro de la Expo. No hacían falta esas alforjas para semejante viaje. Alguien ha patinado.

También patinaron los que programaron las desangeladas sesiones de DJ en el Anfiteatro, que armaban una bulla muy pasada de rosca con los decibelios y que solo daba gusto a unos pocos centenares de bailongos. Esas sesiones fueron las que motivaron más quejas vecinales por ruido (el volumen, es cierto, era considerablemente superior al de los conciertos) y desentonaron lamentablemente en una programación cuidada, llena de exquisiteces y de veladas inolvidables. Es como si en un menú de tres estrellas Michelín te colasen un bocadillo de mortadela. Cada cosa en su sitio.

Por lo demás, lo hemos pasado muy bien en la Expo. Yo insisto en que las noches han sido de lo mejorcito de un verano irrepetible. ¿Cuándo volveremos a disfrutar de unos espectáculos de esta talla? Aunque, ojo, entiendo que el nivel (ya que no la cantidad) debe mantenerse: es el nivel de espectáculos que una ciudad europea que aspira a ser referente nacional e internacional debe tener. A ver si sabemos mantener el tipo.

Se me ocurren más cosas, pero los lectores que hayan llegado hasta aquí seguro que están tan cansados como yo, así que les daré un respiro. Disfruten de la clausura y que les sea leve la resaca. El siguiente artículo será el de la despedida. Qué pronto se acaba todo, ¿verdad?

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El asombro cotidiano de alguien que se siente turista en su propia ciudad. Armado con una cámara, el periodista de HERALDO Sergio del Molino capturará fotos y vídeos de la ciudad de la Expo (e incluso de la propia Expo) y los servirá aquí aliñados con sus balbuceos de hombre asombrado ante el progreso. A veces, en pequeñas dosis, como una tapa de anca de ranilla. Otras veces, en plato grande, hasta el hartazgo.

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