ADIÓS CON EL CORAZÓN

. 14 sept. 2008
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Como dicen los rockeros cursis al final de un concierto: "¡Hasta siempre, os llevo en el corazón!".

A mí en el corazón no me caben muchas cosas, que bastante hace el pobre con bombear ese colesterol espeso que me ha subido en tres meses de juerga Expo, pero sí que puedo decir, si me lo permiten, que me lo he pasado muy bien escribiendo estos treinta y pico artículos que componen Ancas de Ranillas. Espero haberles hecho pasar algún rato agradable y haberles sido de ayuda a la hora de moverse por la Expo y por esta ciudad extraña, nueva y llena de incógnitas que se nos presenta ahora.

Guarden las fotos y los recuerdos, guarden las entradas y los pases de temporada. Ellos atestiguan que ustedes estuvieron allí, que fueron protagonistas de la mayor transformación urbana de Zaragoza desde que un tal César Augusto la fundó.

¿Qué le depara ahora a Zaragoza? No lo sé, nadie lo sabe, pero creo que si se concreta ese centro de investigación del cambio climático y de verdad es un centro de altura, dirigido por científicos de talla internacional, esta capital habrá ganado no mucho, sino muchísimo. Centrar el desarrollo de una ciudad en la ciencia es un aldabonazo, un punto de no retorno hacia la liga de las estrellas de las urbes europeas. Verán qué majo será todo cuando las tascas se nos llenen de cerebritos aspirantes al Nobel, y cuando esos cerebritos atraigan a otros cerebritos, y esos a empresas de cerebritos, y... Me siguen, ¿no?

Tengo en la cabeza una estampa rancia y desagradable de la ciudad, la de las llamadas "cadeteras". Esas mozas que perseguían a los cadetes de la Academia General Militar cuando estos se iban de cachondeo por los bares de la ciudad los sábados por la noche, pobres chicas que buscaban "cazar" un marido militar que les diera seguridad económica y estatus. Me gustaría que ese viejo cuadro costumbrista que roza el subdesarrollo se sustituya al fin por el ligoteo sofisticado de un montón de cerebrines llegados de todas las esquinas del mundo. De cerebrines que llenen con su charla políglota los rincones de una Zaragoza moderna y, más que abierta, desparramada al mundo. ¿Es mucho pedir?

En fin, el tiempo lo dirá. Ahora solo nos queda esperar y recuperarnos de este intenso y delicioso verano.

Yo me vuelvo a mis páginas de papel, de donde no he salido en realidad, y a mi blog personal. Nos vemos allí, hablando de todas las cosas interesantes que van a pasar en Zaragoza y en Aragón en los próximos años.

Hasta otra y gracias por leer.

CHÁCHARA DE FIN DE FIESTA

. 13 sept. 2008
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Llegamos al final de la Expo, amigos, y como llevo unos días sin aparecer por aquí y veo que se me van a quedar un montón de majaderías en el teclado, el artículo de hoy es doble. Sí, ya lo sé: muchos se preguntarán con razón, ¿y por qué no se guarda sus majaderías en el teclado y nos deja en paz? Debería hacerlo, en serio, pero a la empresa que me paga no le gusta que deje huecos en blanco, quiere que produzca bien de letra. El silencio no se cotiza todavía en el mercado. Pero no es esa la razón por la que quiero darles la brasa hoy de forma especialmente indecente: es que me siento como en un fin de fiesta real. Es decir, me siento ya agotado, pastoso, tirado en un sofá del fondo del local y acompañado por gente a la que no conocía antes de empezar el jolgorio. El final de fiesta es el momento de esa plática morosa, que salta de un tema a otro sin sentido, que se recrea en la satisfacción crápula de una noche que ya clarea. Así que déjenme divagar un rato antes de que enciendan las luces y nos echen a la calle. La lectura, bien lo saben, es voluntaria. Los que ya estén cansados de mí pueden despedirse a la francesa, nadie se lo reprochará.

Parte uno: el mensaje final.

Un gran diario nacional publicaba el otro día dos paginones de balance de la Expo. El reportaje repartió algo de estopa, poniendo en evidencia algunas evidencias que todos -evidentemente- habíamos observado. En resumen, venía a decir que la Expo no ha servido para abordar ni concienciar ni impulsar ningún tipo de cambio en la política de gestión del agua, ni a aportar luz sobre el tema. Elemental.

El otro día, en una tertulia televisiva, compartí plató con una de las responsables de la Tribuna del Agua, que fue a hacer balance de la actividad desarrollada estos meses. Cuando se animó el debate, la verdad es que los dos contertulios fuimos un poco duros con ella y, en un tono quizá demasiado vehemente (soy un tipo calmo de mi natural y me sorprendo cuando me da un subidón) le dijimos que era una lástima, que se había perdido la oportunidad de dar realce a esos debates y que, en realidad, las cuestiones tratadas habían pasado prácticamente desapercibidas para la opinión pública. Ahora se queda una cantidad ingente de material que será objeto de estudio, pero que probablemente no salga nunca de las universidades ni de los centros de investigación.

Pero es que, ¿podía ser de tora forma? Inspirándose en la extraña experiencia del Fórum de Barcelona, la Expo incluyó la Tribuna del Agua y El Faro como espacios de debate y concienciación sobre el tema que servía como excusa a la muestra, pero, ¿realmente alguien creía en serio que la Expo se iba a centrar en eso? ¿Alguien lo esperaba?

Las expos son lo que son, y todo el mundo asume tácitamente para qué sirven. Se adornan con retórica, se maquillan, se presenta un proyecto más o menos sólido, pero el fondo es el que es: ofrecer una oportunidad sin igual de desarrollo y proyección internacional a la ciudad que las celebra. Por tanto, lamentar que no se ha llegado a ninguna conclusión es un poco ingenuo, porque no era ese el objetivo. Ahora bien, podemos lamentar la vacuidad y frivolidad del mundo en el que vivimos, podemos lamentar una y mil veces que la gente con ideas y propuestas interesantes nunca encuentra un altavoz adecuado para hacerlas oír, pero sin perder de vista la realidad.

¿Que sería bonito que los cinco millones y medio de visitantes hubieran acudido a escuchar a los gestores de agua en Brasil y a aprender a ahorrar agua siguiendo las técnicas milenarias de los agricultores del Yangtsé? Pues claro que sí, pero ustedes y yo sabemos que esos cinco millones y medio de personas han ido a Ranillas a pasar un rato divertido, no a escuchar a Gorbachov. Quien piense lo contrario, no conoce el mundo que pisa.

Así pues, no hay decepción posible en ese nivel más "teórico" o "social". Para que la hubiera, tendrían que haberse creado unas expectativas que estoy seguro que nadie (o casi nadie) tenía.

Parte dos: la juerga propiamente dicha.

Una vez quitada la careta y declarado sin complejos que somos unos frívolos que solo hemos venido a la Expo a divertirnos, hablemos de esa diversión.

El viernes se vendió el concierto de Gloria Estefan en la Feria de Muestras como la previa a la traca final de hoy. Si mal no recuerdo, era el tercer sarao que Expoagua montaba en tan apartado paraje, después de Bob Dylan y Bunbury. La noche estaba fresca, aquello está muy pero que muy lejos y, seamos honestos, Gloria Estefan no es una artista "llena estadios". Consecuencia: poco más de 6.000 espectadores. Un fiasco en un sitio donde caben hasta 40.000 personas sin estorbarse.

Mientras la cubana intentaba calentar la gélida noche del extrarradio zaragozano, servidor pasaba frío disfrutando de uno de los conciertos más exquisitos y emocionantes que ha tenido a bien programar la Expo: el de Antony and The Johnsons. Una maravilla deslucida por el cierzo y por lo inapropiado del lugar, pensado para conciertos marchosos. El minimalismo orquestal y los prodigios vocales de Antony and The Johnsons están pensados para un teatro, disfrutados por un público silencioso y acomodado en butacas. Aún así, contra todo pronóstico (no es precisamente una música comercial, sino que tira a la vanguardia y se dirige a paladares finos y educados), el anfiteatro de Ranillas se llenó. Seguro que no todos eran fans de Antony, pero congregó a 8.000 valientes que aguantaron hasta el final con educación y entrega un concierto exigente y difícil.

Y digo yo: ¿no hubiera sido mucho más acertado llevar a Gloria Estefan al Anfiteatro, donde cabían de sobra las 6.000 y pico personas que querían verla, y otro par de miles de propina, y haberle buscado a Antony un acomodo más discreto en el Palacio de Congresos, aunque fuera programando su espectáculo dos o tres noches para que pudiera ir más gente?

A toro pasado, puedo decir que lo de la Feria de Muestras ha sido un despropósito que responde al empecinamiento municipal. Un lugar que solo se llena con los Rolling Stones o con Madonna, pero que pincha con cualquier otra propuesta. Se han programado en la Feria actuaciones que podrían haber cabido mucho mejor en el Príncipe Felipe o en el mismo Anfiteatro de la Expo. No hacían falta esas alforjas para semejante viaje. Alguien ha patinado.

También patinaron los que programaron las desangeladas sesiones de DJ en el Anfiteatro, que armaban una bulla muy pasada de rosca con los decibelios y que solo daba gusto a unos pocos centenares de bailongos. Esas sesiones fueron las que motivaron más quejas vecinales por ruido (el volumen, es cierto, era considerablemente superior al de los conciertos) y desentonaron lamentablemente en una programación cuidada, llena de exquisiteces y de veladas inolvidables. Es como si en un menú de tres estrellas Michelín te colasen un bocadillo de mortadela. Cada cosa en su sitio.

Por lo demás, lo hemos pasado muy bien en la Expo. Yo insisto en que las noches han sido de lo mejorcito de un verano irrepetible. ¿Cuándo volveremos a disfrutar de unos espectáculos de esta talla? Aunque, ojo, entiendo que el nivel (ya que no la cantidad) debe mantenerse: es el nivel de espectáculos que una ciudad europea que aspira a ser referente nacional e internacional debe tener. A ver si sabemos mantener el tipo.

Se me ocurren más cosas, pero los lectores que hayan llegado hasta aquí seguro que están tan cansados como yo, así que les daré un respiro. Disfruten de la clausura y que les sea leve la resaca. El siguiente artículo será el de la despedida. Qué pronto se acaba todo, ¿verdad?

DO YOU SPEAK EXPINGLISH?

. 9 sept. 2008
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Yo soy miope y, aunque me defiendo con el inglés y con el francés, me cuesta leer los letreros de lejos, así que no suelo detectar nada mal escrito en ellos. Pero miles de políglotas con vista de lince y armados con una cámara de fotos han recorrido Ranillas estos tres meses de Expo cazando mil y un gazapos en traducciones apresuradas, horrísonamente literales o que directamente rozan el analfabetismo. En general, la cosa funciona, y no creo que los angloparlantes y los francoparlantes hayan encontrado muchos motivos de queja, pero gazapos haylos.

En fin, que hace nada nos reíamos mucho de los pekineses y sus patadas ortográficas al traducir los letreros públicos de la ciudad del mandarín al inglés. Se hablaba con sorna del "chinglish", una neolengua surgida al traducir literalmente expresiones chinas que, en inglés, sonaban incomprensibles o absurdas. En Zaragoza no hemos acuñado el "expinglish", pero hay frases divertidas para quien quiera verlas.

Y eso que había ganas por mostrar al mundo una imagen políglota. Toda España vio en televisión al alcalde Belloch diciendo "I am... this is the mayor of Zaragoza", dejando claro que no le habían aprovechado mucho las clases de inglés.

Poco antes del comienzo de la muestra, tomé café con una venerable y muy sabia profesora de alemán nativa, ya retirada, que además de su lengua y del español, domina el francés y el inglés. Cuando llegué a la cafetería me la encontré riendo a mandíbula batiente porque acababa de conseguir un folleto que repartían a los turistas extranjeros con frases y palabras que les podían ayudar en Zaragoza. Solo recuerdo que la traducción al alemán de "frutas de Aragón" era algo así como "dulce aguirlachado y achocolatado de forma alargada". O algo incluso más rebuscado.

A mí me chirrían un par de "defensu" que he leído en francés como traducción de "prohibido". En francés, si quieren usar el participio, creo que tendrían que poner "interdit". Con el verbo "defenser", la fórmula para decir prohibido es "defense de".

Un bloguero avispado, sin embargo, se encontró esta joya:


Como el chiste es de mal gusto y yo soy una señorita bien educada, dejo que el propio bloguero lo explique con sus palabras:

"Me imagino que los que hablan el inglés de Norteamérica se parten de risa cuando pasan por ahi, porque traducir "Tornillo de Arquímedes" por algo que significa "que se joda Arquímedes" o "que te den, Arquimedes" no tiene desperdicio (además, es Archimedes en inglés)"

Pues eso.

Aunque no se crean que los paletos siempre somos nosotros. Uno de los grandes monumentos a la traducción fiel y pulcra está en el nunca bien ponderado pabellón de la India. Observen qué maravilla de anuncio cuelga de sus paredes:


¿Conocen algún ejemplo más? Háganmelo saber, pero dense prisa, que esto se acaba.

PS: sí, he incumplido mi promesa de hablar de la Zaragoza subterránea, pero es que me ha dado un súbito ataque de claustrofobia y he preferido salir a la calle a ver cartelitos. Otro día será.

TIPOS COLGADOS

. 8 sept. 2008
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La Expo del agua es también la Expo del aire. ¿No se han fijado? Nunca antes se había visto tanto humanoide volador, tanto saltimbanqui subido a techos, cúpulas y falsos cielos. Los espectáculos de esta Expo que agoniza a lo grande, saturada de gentío, nos han traído un empacho de actores y acróbatas con sus respectivos arneses, girando y aleteando cuales pajarillos ante nuestros ojos. O sobre nuestros ojos, más bien.



"Hombre vertiente"

Yo llevaba unas semanas con un dolor de cuello pertinaz, así que me fui al fisioterapeuta a hacérmelo mirar:

-Mmm -murmuró mientras me escrutaba con mala cara-... Estas lesiones me suenan, llevo todo el verano atendiendo tortícolis y dislocaciones parecidas. ¿Ha estado usted en la Expo?

-¿En la Expo, dice? -le respondí, sin poder girar el cuello hacia él-. Pues casi más que en mi casa, si le digo la verdad.

-¿Y ha visto los espectáculos? No me refiero a los conciertos, sino a Hombre vertiente, a los montajes de la plaza de Aragón, la cabalgata del Circo del Sol...

-Hombre vertiente lo he visto siete veces, oiga. Y de los demás, pues todos los que he podido.

-¿Siete veces? Lo suyo es un caso grave. No me diga más. Tiene lo que los fisioterapeutas llamamos la "tortícolis del arnés".

-¿Y es grave?

-Según y como. De momento, rehúya los espectáculos en los que haya gente colgada de las alturas.

-¡Es imposible!

-Pues disfrútelos tumbado, no fuerce el cuello. Ha visto usted demasiadas piruetas aéreas y su cuello se ha dislocado. Repose, no mire arriba, céntrese en los avatares que suceden a ras de suelo.

-Lo intentaré, pero no prometo nada.

¡Es que está todo lleno de colgados! En la Expo no habrá yonquis, pero colgados los hay a porrillo.
Hombre vertiente es el espectáculo colgado por antonomasia, pero ha habido un buen montón de montajes con superabundancia de arneses y colgadurías. Y cuando no había arneses, había zancos. La cosa es sobrevolar la cabeza de los espectadores. No hay una sola viga en Ranillas de la que no se haya colgado un actor, un acróbata o un saltimbanqui.

Pues yo no me siento cómodo, qué quieren que les diga. No solo porque en Hombre vertiente se produjeron dos batacazos casi trágicos, sino porque algunos hombres a los que nos asoma ya el cartón alopécico no nos gusta que nos miren cenitalmente. Que de frente parece que tenemos pelo, pero desde arriba se nos ve la coronilla en distintos grados de desertificación. ¿Por qué tenemos que exhibir nuestra incipiente calvicie ante los acróbatas aéreos?



"El despertar de la serpiente"


En fin, nada se puede hacer contra las modas, y la moda de este verano de 2008 es echarse a volar atado a una cuerda. Más que actores, parecen becarios de Leonardo da Vinci probando sus locos cacharros voladores.

Me resulta curiosa esta pulsión voladora en una ciudad tan plana como Zaragoza, donde sus habitantes han vivido por fuerza pegados al suelo, sin un triste tozal desde el que planear y donde el único que podía aspirar a colgarse de una altura era el capellán que tañía las campanas en el Pilar.

Queda la ceremonia de clausura, que está a un paso. Supongo que no faltarán en ella los correspondientes voladores. Yo, con su permiso, me voy a dar unas friegas para tener el cuello en condiciones de disfrutar del espectáculo.




Espectáculo "Noche de fuego", con fuego, noche y... ¡acróbatas!


Por cierto, mañana, para compensar, Ancas de Ranillas dejará las alturas y se adentrará en las tripas subterráneas de Zaragoza. Claustrofóbicos, abstenerse.

PS: hoy viene a la ciudad Gorbachov. Sí, hombre, sí, no me digan que no les suena, que es un hombre muy famoso. Es Mijail, el señor que anuncia los bolsos y maletas de Louis Vuitton. Yo le pediré una maletita pequeña de piel, a ver si me hace un barato.

¡OTRA RONDA, HICS!

. 3 sept. 2008
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Parecía ingeniosa, pero era premonitoria. La campaña veraniega de La Zaragozana apoyando la Expo dice: "Vendrás por el agua, volverás por la cerveza". Es una verdad a medias, porque desde luego, la cerveza sin presión, tirada con desgana y en Fluvivaso chorreante que dan en los chiringuitos no invita a volver. Pero sí que es cierto y claro como la luz del día para cualquiera que se haya dado un paseo por Ranillas que en la Expo del agua triunfa el alcohol. Nunca se pudo beber tanto y tan variado en Zaragoza. El agua está bien en las exposiciones, pero en los vasos, los visitantes quieren sustancia, sabores intensos y, si es posible, unos grados de alcohol. La vuelta a casa, obligatoriamente, en Expobús, dejen el coche quieto.

Como quedan dos telediarios para que la fiesta zaragozana se acabe, les recomiendo que no se agobien, que desistan de hacer filas, que no se abrasen al sol, que no discutan con ese voluntario que les dice que el urinario está fuera de servicio. Estos últimos días, dense un capricho y, si sus niveles de transaminasas y su médico de cabecera se lo permiten, brinden conmigo con alguna de las propuestas que les voy a presentar. Los que alguna vez hemos ejercido de crápulas llamamos a estas codas "echar la penúltima". Porque la última copa, ya saben, es la que tomamos antes de morir.

Empecemos por algo suave. Vayan a Lituania, intenten encestar los balones de baloncesto que se deslizan por sus fachadas y pasen al acogedor interior. Acódense en la barra y pidan una sidra de pera. Pequeña, que el vaso grande a lo mejor les empacha demasiado. Notarán que es levemente parecida a la sidra asturiana, pero más dulzona y con un regusto muy agradable.

¿Les parece poca cosa? Ya veo que ustedes van fuertes por la vida, son gente de alta graduación. No se apuren, tenemos varias alternativas para los machos muy machos.

Entren en Polonia, el "pabellón peludo", y atrévanse con un vodka tradicional de aquellos bosques. El licor galopará por su garganta como un húsar sediento de sangre. También pueden probarlos en Rusia, donde son ligeramente más fuertes. En este último pabellón podrá acompañarlos con unos deliciosos aunque algo caros blinis (variantes eslavas de las francesas crepes, algo más gruesas y más pequeñas). Así mitigará su devastador efecto etílico.

Si no son tan rudos como Vladimir Putin y no se identifican con las violentas hazañas de los cosacos, dirijan sus pasos hacia las cálidas cercanías del pabellón del Caribe. Allí, por un módico precio de dos euros y pico, les ofrecerán un variado surtido de los cócteles que los europeos asociamos a aquellas latitudes: caipirinha, piña colada, mojito, daikiri... Todos, servidos en pequeños vasos de plástico, medida perfecta para degustar un poco sin alcanzar un estado ebrio. Refrescantes, mentolados y divertidos.

Estos vasitos pueden estar bien como entretenimiento, pero no saciarán la sed de un gourmet acostumbrado al bamboleo de las cocteleras más exigentes. Si se encuentran en ese selecto y sibarita grupo, suban las escaleras mecánicas y entren en la 'boite' de México. Personalmente, les recomendaría una Coronita o una Dos Equis, excelentes cervezas de carácter azteca, muy ligeras y refrescantes, pero llenas de sabor, y con un contenido alcohólico bajo. Pero entiendo que la atracción de ese bar son sus cócteles, elaborados con esmero por manos expertas. Son margaritas de muy variado jaez, servidos en copas bajas y anchas, para degustar sin prisa y en amigable plática, al estilo de México.

Aunque para pláticas amigables, las que se pueden echar en las mesas de la terraza de Bélgica cuando cae la noche. La carta ofrece una aceptable selección de las muy buenas cervezas de aquel país. Están representadas las principales variedades que se producen en Bélgica, desde la blanca de Brujas a las afrutadas lambic, pasando por toda la gama personalísima e inclasificable de las cervezas de abadía trapense, únicas en el mundo. Hay para todos los gustos, pero mi consejo es que se atrevan a probar alguna de las de sabor y textura más fuertes (una Chimay roja, por ejemplo) con el chocolate belga que también venden allí. Descubrirán lo sorprendentemente bien que maridan. Corran, es una experiencia que no podrán repetir en Zaragoza cuando cierre la Expo.

Las dos terrazas más afamadas, la del Acuario y la del pabellón de Aragón, están bien por el entorno y por su ambiente privilegiado. Es un lujo tomar una copa en semejante marco (un lujo de verdad; es decir, muy caro), pero la verdad es que las propuestas etílicas dejan un poquito que desear. No hay nada que no tengan en cualquier bar de copas, y hablo de bares normalitos. En el Acuario, según el día que sea, a veces ni siquiera tienen variedad de marcas de ginebra para los gin-tonics, y de verdad que en ese cóctel la marca importa, y mucho.

No me olvido de los vinos de muchos pabellones ni de las botellas de licores exóticos que venden en muchas tiendas, pero necesitaría una semana para glosarlas todas, y no tengo intención de ser exhaustivo. Yo solo les sugiero, les ofrezco puntos de partida para que exploren ustedes mismos.

Seguro que han descubierto muchos más sitios en Ranillas donde saciar la sed. No me cabe duda. Puede que también prefieran un sano y económico trago de agua o un sencillo café. Por supuesto, esto no es una apología del alcoholismo. Simplemente, me limito a constatar lo que todo el mundo sabe: que en la Expo del agua, muchos añaden a ese agua unas gotitas de licor. Para animar la fiesta, que se suele decir.

LA REVELACIÓN IKEA

. 2 sept. 2008
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Ni "Carta de Zaragoza" ni Mijail Gorbachov. Ni aunque Cervantes resucitara y decidiera presentar la Tercera Parte del Quijote en Zaragoza se habría conseguido entusiasmar a tanta gente. Ikea ha presentado su catálogo 2009 esta semana en su pabellón (el que está rotulado falsamente como "Suecia". No se engañen por esa treta, es una delegación de Ikea mal camuflada). 10.000 afortunados visitantes de Ranillas se han llevado de regalo ese best-seller, ese monumento de la cultura del siglo XXI.

Ha llegado al final de la Expo, pero al fin tenemos la prueba definitiva que ningún escéptico puede obviar ni menospreciar. A todos aquellos que pensaban que la Expo no iba a servir de nada, que Zaragoza iba a seguir siendo la misma Zaragoza de siempre, o peor, podemos afearles lo equivocados que estaban. Zaragoza está al fin en el mapamundi, pero no gracias a la Expo, que habría pasado sin pena ni gloria de no haber tenido lugar este trascendental acontecimiento. Zaragoza es una urbe de indudable peso geoestratégico porque Ikea (alabada sea) la ha ungido otorgándole el privilegio de ser la primera en hojear las sacras páginas de su catálogo. ¡Aleluya, feligreses montadores de muebles!

Cuando se inauguró el Ikea de Torrero muchos sospechábamos que esa inauguración era bastante más importante que la de la Expo. Ahora vemos confirmadas nuestras sagaces impresiones. Para tener presencia y peso en el mundo no hay que montar saraos como este que nos ha ocupado todo el verano. Para ser una capital con empuje hay que tener un Ikea como Suecia manda. Zaragoza está en el selecto club de ciudades Ikea, por eso refulge en el mapa.

Alabado sea el catálogo 2009 de Ikea y sus verdades reveladas en formato desmontable y modular. ¡Viva el hogar moderno y de colores claros!
PS: nótese la empanada mental política que tienen los señores de Ikea. Bajo el monárquico titular "Tu casa, tu reino", reproducen el ya conocido lema "Bienvenido a la república independiente de tu casa". ¿Puede un reino ser una república al mismo tiempo? En Ikea, siempre que te lo montes tú mismo, es posible.

PROYECTO GOLDFISCH

. 1 sept. 2008
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Curioseo en la agenda de la Expo de estos días, buscando algo que echarme al blog que no incluya filas, "fast pass" ni aglomeraciones, y tropiezo con un acto que se celebra hoy martes en el pabellón de Suiza, a las 10.00. "Presentación del Proyecto Goldfisch", dice el epígrafe. Tachán. Con ese nombre, y estando Suiza de por medio, la cosa tiene que ir de espías, de tramas de crimen organizado, de "mata haris" y de elegantes asesinos vestidos con traje negro que buscan la llave de una caja de seguridad de un banco de Ginebra. Sigo leyendo, y en la breve y poco aclaratoria descripción del acto encuentro la palabra "submarino". Mi corazón morboso se encoge. Solo falta James Bond. Parece demasiado bueno para presentarse en Zaragoza.

Como no me queda nada claro qué es eso del Proyecto Goldfisch y no me apetece ir a las diez de la mañana al pabellón de Suiza a que me duerman con diapositivas y powerpoints, decido investigar por mi cuenta (léase: me meto en Google o, como dice mi compañero Mariano García, "le meto un googlazo" al tema). Por supuesto, la cosa no va de espías, ni de cuentas secretas, ni de dinero negro procedente del narcotráfico, ni de bellas sicarias que te arrancan el corazón después de seducirte. El Proyecto Goldfisch es el primer submarino que funciona con energía solar procedente de una plataforma flotante. Lo está construyendo la empresa FMB Energie y se prevé que estará en marcha para el 2012. El Goldfisch se sumergirá en las frías y alpinas aguas del lago Thun y lo explotará una empresa turística, que enseñará a los viajeros las maravillas subacuáticas del lago.

Oh, mi gozo en un pozo. O en un lago de los Alpes.

Cuando me recupero de mi decepción, reparo en lo extraño del asunto. ¿Un submarino en Suiza? ¿Para qué demonios quieren los suizos un submarino, por muchos lagos que tengan? Pues por una razón muy sencilla: porque todos los pueblos de interior quieren ser marineros.

Recuerdo que la Marina austriaca se disolvió hace un par de años. La noticia saltó a los periódicos de todo el mundo. ¿Marina austriaca? Sí, era la heredera de la vieja Marina del Imperio Austrohúngaro. Bien es cierto que Austria, desde 1919, es un país de interior, pero su Gobierno mantuvo la Marina para no perder del todo ese viejo orgullo naval de los siglos gloriosos. En realidad, la Marina austriaca se reducía a un par de embarcaciones patrulleras que desempeñaban labores de vigilancia policial Danubio arriba y Danubio abajo.

Los suizos también quieren su trocito de mar. Tienen sus lagos. Espléndidos, enormes, de mil colores que van del verde esmeralda a la transparencia más nítida, pero nada sustituye al mar. Este verano recorrí buena parte del país alpino y me llevé la sensación de que sus montañeros y adustos habitantes ansían ser marineros, por eso viven en las orillas de sus lagos. El periódico ginebrino Le Temps tiene una pequeña sección titulada "Todavía muy lejos del mar", que consiste en una entrevista corta y amable a un personaje de actualidad. La primera pregunta siempre es la misma: "¿Cuándo y dónde vio por primera vez el mar?".

Así que los suizos entenderán muy bien el sentir de Zaragoza y de Aragón, cuyas gentes viven arrasadas de nostalgia por un mar que nunca han tenido. Es la maldición de las tierras de interior. En Zaragoza también tenemos nuestro Proyecto Goldfisch: aquí se llaman Ebrobuses, y también sirven para dar un poco de esperanza marinera a la ciudad. Los suizos juegan a que sus lagos son océanos, y nosotros jugamos a que el Ebro es el Mediterráneo.

Está bien jugar, pero no nos volvamos locos. El cierzo no es una brisa marina y las cigüeñas no son gaviotas. Aunque, si ustedes quieren, podemos fingir que lo son. No se lo diremos a nadie.

ZARAGOZA, CIUDAD SORIANA

. 31 ago. 2008
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Ayer domingo se vivió el gran día soriano en la Expo, con ese enorme concierto de Ana Belén, Víctor Manuel, Urrutia y Nuevo Mester de Juglaría (¿me dejo a alguien? Seguro que sí, soy muy despistado, no me lo tengan en cuenta) en el que se invocó al fantasma de un poeta que no era soriano pero que se dejó el alma en la ciudad del Duero, Antonio Machado.

En realidad, Soria lleva unos días dejándose ver mucho en la Expo, con una programación variada e interesante, y hay que alegrarse de que así sea. La Expo se habría quedado coja sin la presencia de la provincia vecina. Al fin y al cabo, Zaragoza es la ciudad soriana más grande: hay más oriundos de la provincia castellana viviendo en la capital aragonesa que en Soria.

¿Se imaginan un relato de Nueva York que prescindiese de su herencia italiana, con su mafia y sus restaurantes; o que uno de Buenos Aires silenciase a sus gallegos, o una novela de Marsé en una Barcelona sin andaluces, murcianos y aragoneses -es decir, sin charnegos-? Pues una Zaragoza sin sorianos se quedaría igual de coja, pero parece que nadie se termina de dar cuenta.

Lo cierto es que yo también me he sorprendido de este protagonismo soriano en Ranillas. Y supongo que no seré el único que no repara habitualmente en esa presencia soriana, aunque en la misma redacción donde trabajo haya algunos ejemplares notables de "homo sorianensis". Es lo que pasa cuando no se tiene un acento llamativo, ni una lengua propia, ni otros rasgos "diferenciales". Si en vez de sorianos fueran andaluces, Zaragoza celebraría el Rocío como en Nueva York se celebra el "Columbus Day", tradicional jornada de reafirmación italoamericana. Pero como al tacto, a la vista y al oído, un soriano apenas se diferencia de un zaragozano con pedigrí, su presencia pasa desapercibida.

Pero haberlos, haylos. La comunidad soriana en Zaragoza está integrada por decenas de miles de discretos trabajadores: la capital aragonesa era el foco urbano más accesible para quienes huyeron del campo buscando una oportunidad laboral en la ciudad, y en sus calles acabaron echando raíces. Tanto, que si el mundo del fútbol fuera de otra forma, el ascenso del Numancia a Primera División podría compensar un poco (un poco, solo un poco, no empiecen a sulfurarse) el descenso del Zaragoza a Segunda.

Ayer los sorianos disfrutaron de su gran fiesta. Quizá es el primer gran homenaje que su ciudad de acogida les concede, y debería ser el primero de muchos. A través de los sorianos trasplantados a Zaragoza, los versos de Machado parecen hablarle también al Ebro. Con lo que le gustaban los ríos al viejo poeta del 98, que los usaba como metáfora universal y clásica del discurrir de nuestras vidas, que se escapan cuesta abajo sin que lleguemos a entenderlas. Seguro que a Machado le hubiera gustado pasear por las nuevas riberas del Ebro. Seguro que le habrían inspirado unos versos.

Una ciudad no está hecha de esencias ni de fundaciones puras. Una ciudad está hecha de suciedad, de todas las deposiciones que la historia y sus habitantes han dejado en ella. Ése es el poso de los siglos, que está lleno de mugre y de capas. Y es esa mugre la que toda ciudad sana y jolgoriosa debe reivindicar. Por encima de mitos fundacionales y de prístinas hazañas, una ciudad se compone de muchas ciudades, encabalgadas unas en otras, hasta crear la personalidad multiforme y enmarañada que percibe el paseante. Sin mezcla y sin cruce de legados las ciudades se mueren en su propio aburrimiento, se convierten en "burgos podridos".

Zaragoza, que no es ni por asomo uno de esos burgos podridos, hace bien en reivindicar las varias Zaragozas que se ensucian y contaminan entre sí. Una de las Zaragozas posibles es la Zaragoza soriana, y al resto de Zaragozas posibles les está sentando muy bien reencontrarse con ella. Ya saben que sólo somos capaces de reconocernos en el otro, es el único espejo posible.

Si los neoyorquinos se sienten irlandeses el día de San Patricio, los zaragozanos podemos sentirnos sorianos por un día también. Yo voy a untarme una buena rebanada de mantequilla soriana y a zamparme una torta del Beato de las que hacen en El Burgo de Osma y unas paciencias de Almazán para celebrarlo. A su salud.

¿ALIANZA DE CIVILIZACIONES?

. 30 ago. 2008
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Jorge Romance, colega de Informativos en Aragón Televisión y bloguero pertinaz, publicaba en su bitácora el otro día esta foto (que yo tomo prestada con nocturnidad y alevosía. Gracias, Jorge, espero que no te importe). Es un momento de la crónica que enviaba desde la plaza del Pilar la corresponsal del canal en árabe de Associated Press Television (AP), con motivo del concierto que acababa de dar en la Expo la Orquesta Nacional de Omán.

El Pilar de fondo y una reportera con chador en primer término. Si eso no es alianza de civilizaciones, que venga Zapatero y lo vea.

Debates sobre la conveniencia de llevar o no pañuelo en público y disquisiciones sobre machismos atávicos al margen (AP es una agencia de capital estadounidense que confecciona informaciones en las principales lenguas del mundo, no hay la más leve sospecha de integrismo en ella), esta es una de las estampas que nos deja la nueva Zaragoza que estamos viendo en plena transformación.

Jorge Romance aprovechó la imagen para hacer una disquisición sobre la falta de variedad cultural y étnica que se ve en la televisión española en general, donde la presentadora más exótica que ha habido ha sido Francine Gálvez. En la misma Francia (la multicultural Francia) se armó la Marimorena cuando el informativo de la noche de TF-1, líder de audiencia en el país, empezó a ser presentado por un periodista negro. Me refiero al color de su piel, no a que fuera un periodista a sueldo de Ana Rosa Quintana. En fin, más grave e ilustrativo es el caso de la televisión mexicana, donde más del 90% de los que salen en sus pantallas son blancos, tirando a rubios y de porte casi escandinavo, en un país donde la gran mayoría de la gente que uno se cruza por la calle es indígena o mestiza.

Me gustaría entrar en ese debate, pero creo que se sale un poquito de los márgenes impuestos a este blog. Por lo que a Ancas de Ranillas concierne, solo dejo constancia de esta curiosa estampa que, con el tiempo, quizá deje de resultarnos exótica.

DE CINE

. 27 ago. 2008
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¿Cine en la Expo? No hay mucho, aunque tampoco lo esperaba nadie. En eso, sigue el ejemplo de la ciudad anfitriona, un secarral para los cinéfilos donde se alternan las noticias sobre el cierre de salas históricas con las que anuncian la apertura de monstruosidades suburbanas para estrenos inanes y pretendidamente "para todos los públicos" (ya escribí en este blog una entrada sobre el significado de ese cliché. Reléanlo pinchando aquí, si lo desean). Pero en Ranillas, si uno escarba un poquito, encuentra pequeñas gemas, de brillo débil, aunque apreciable. Lo mismo sucede en Zaragoza: en cuanto se escarba un poco en la arena del secarral, el agua brota. Sin la fuerza de un géiser, claro, pero lo bastante como para refrescar al cinéfilo sediento.


El rey de Ranillas se llama Carlos Saura. Reina en solitario, sin cortesanos y sin competencia, ya que es el único realizador de renombre que ha elaborado una obra en exclusiva para la Expo. Si todavía no la han visto, corran al pabellón de Aragón, siéntense a la fresca, y disfruten. No sé si la película tiene título. Desde luego, no aparece recogida en la filmografía oficial del autor y todos los reclamos se refieren a ella como "el audiovisual de Saura".

Mala cosa este desdén genérico, y no sé hasta qué punto es indicativo del aprecio que merece por parte de su autor y de los que la han financiado y la proyectan. Sin embargo, estas menudencias no ensombrecen el reinado absolutista de Saura: ese documental que se proyecta en bucle durante todo el día en varias pantallas no será el mojón más brillante de su carrera, pero Saura es mucho Saura.

Porque el resto de propuestas fílmicas de Ranillas no son comparables ni por asomo. Sin ambiciones artísticas, la mayoría son entretenimientos espectaculares, atracciones de feria, alardes de técnica, pero no necesariamente de ingenio. La proyección en 4D de Kuwait es muy celebrada, y la curiosa fábula que se proyecta en el pabellón de Polonia suscita muy variadas reacciones. La más normal, la extrañeza.

Aunque para extrañeza, la de los visitantes del pabellón de la vecina Navarra, que ven cómo unas pantallas que ocupan las cuatro paredes del recinto ofrecen testimonios de personajes navarros (el más famoso, Indurain) explicando en castellano o en euskera cómo reciclan y ahorran agua. Los visitantes nos miramos unos a otros con cara de pan sin cocer: "¿Ya está? ¿Esto es Navarra?", nos preguntamos. Pues eso parece.

No sé si el inclasificable "Iceberg" de Calixto Bieito podría considerarse alguna forma de cine. Trozos de película tiene, desde luego.

Interesante -y retorcidamente cinéfila- es la adaptación teatral del buñuelesco (de Buñuel, no de buñuelos) "El ángel exterminador", que se pudo ver en el Palacio de Congresos.

Aunque son El Faro y la Tribuna del Agua los que están programando propuestas verdaderamente interesantes y directamente relacionadas con el tema de la muestra. Son documentales de denuncia y reflexión sobre los problemas del agua en el mundo. Esta semana, sin ir más lejos, se ha presentado "Vivir sin agua", una cinta del realizador zaragozano Javier Macipe que se acerca a las vidas de personas que viven en Zaragoza sin acceso a agua corriente.

Todo esto está muy bien, sin duda, y demuestra que el mundo del celuloide no está ausente de la Expo. No debería estarlo, habida cuenta de que en Zaragoza se rodó la primera película de la historia del cine en España. El séptimo arte forma parte del patrimonio de la ciudad.

Pero si ustedes quieren ver buen cine, bueno-bueno de verdad, y lo quieren hacer a la fresca, en pantalla grande y rodeados por silenciosos desconocidos con los que comparten afición, aléjense de Ranillas y de los multicines de los centros comerciales que sitian la capital aragonesa. En este extrañísimo mes de agosto que agoniza no solo hay muchos turistas y bares abiertos, sino una actividad cultural de primer nivel, pero tienen que hacer un esfuerzo y buscarla en una pequeña y escondida plaza del Casco Histórico: en la Filmoteca de Zaragoza.

Otros años, la pequeña filmoteca de la ciudad cerraba en agosto, pero este 2008 ha permanecido abierta y alerta. Actualmente, proyecta un ciclo del grandísimo David Lean y, al mismo tiempo, programa pequeñas películas independientes de los dos últimos años que no fueron estrenadas comercialmente en Zaragoza. Y en versión original subtitulada, por supuesto.

La Filmoteca de Zaragoza es una de las muchas cenicientas culturales de la ciudad. Prácticamente desconocida, salvo por un puñado de irreductibles, se mantiene contra viento y marea en un rincón del renacentista y sobrio Palacio de los Morlanes. Es una filmoteca de mínimos, casi un cine-club de amiguetes, pero precisamente ahí radica su encanto.

Comparada con otros ejemplares de su especie, parece casi un insulto a los zaragozanos. Conozco muy bien la Filmoteca Española (casi viví unos años en ella, entre las butacas del decadente Cine Doré de Madrid), y también la de Cataluña y la de Valencia (que ocupa otros bellos y desastrados cines junto a la plaza del Ayuntamiento), y la pobrecita sala de proyecciones de Zaragoza no puede aspirar ni a ser sombra de ninguno de esos tres templos cinéfilos.

Esto podría ser motivo de denuncia e indignación. Sin duda, Zaragoza se merece una filmoteca a la altura de una ciudad que aspira a ser la tercera de España (Belloch dixit), pero a mí lo que me provoca esta situación son ganas de aplaudir. Porque con unas instalaciones mínimas, una escasísima repercusión en la oferta cultural de Zaragoza, un presupuesto probablemente irrisorio y unos horarios tempraneros que ahuyentan a los más golfos y noctámbulos, la Filmoteca lleva años manteniendo una programación mucho más que digna y coherente, que mantiene un buen equilibrio entre lo clásico y la vanguardia, y resulta atractiva tanto para quienes quieren iniciarse en el séptimo arte como para quienes, siendo sabios duchos en él, buscan esas joyas perdidas que no están en E-mule. Contra viento y marea, la Filmoteca se mantiene firme. No importa qué partido lleve el timón municipal (ni el PP ni el PSOE han demostrado nunca interés por ella), la institución resiste y sigue dando gusto a su reducida parroquia. ¿Proverbial tenacidad aragonesa? Yo prefiero hablar de profesionalidad y de sensibilidad.

Vayan a ver una peli (es muy barato) y gozarán del último reducto verdaderamente cinéfilo que queda en una ciudad que ha dejado derrumbarse todos los demás templos del séptimo arte que había en sus calles.

CUATRO HORAS

. 26 ago. 2008
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Cuatro horas, una menos de las que ese personaje de Miguel Delibes pasó con Mario. Ese es el tiempo de espera que han llegado a marcar los pabellones de Japón y de Alemania. ¿Saben la cantidad de cosas que se pueden hacer en cuatro horas? Pues fíjense:

En cuatro horas llegamos a Málaga en AVE desde Zaragoza. O vamos y venimos a Barcelona en ese mismo AVE.

En cuatro horas, un cinéfilo se puede ver dos peliculones protagonizados por Bogart: Casablanca y El sueño eterno. Y después de ese empacho de cine clásico todavía le sobran cuarenta minutos (¡cuarenta minutazos!) que puede emplear en montar un cine-fórum, o en verse dos capítulos de Los Simpsons.

En cuatro horas se pueden escuchar cinco discos y tres canciones de música pop de duración estándar. O lo que es lo mismo: unas ochenta canciones.

En cuatro horas, un adolescente se enamora, tiene una relación, discute y la rompe. Y le sobra tiempo para contárselo llorando a su mejor amigo.

En cuatro horas, un senderista no excesivamente avezado recorre más de veinte kilómetros.

En cuatro horas, un avión cubre la distancia que separa Madrid de Moscú.

En cuatro horas, un lector medio, ni rápido ni lento, se lee la mitad de una novela de Galdós. De las gordas.
En cuatro horas se cocina una cena de Nochevieja para veinte comensales, asado incluido, y sobra tiempo para ducharse y cambiarse de ropa para la velada.

En cuatro horas, se pueden ver doce capítulos de Los Simpsons. O de Friends. O de cualquier telecomedia al uso. Eso sí, sin anuncios de por medio.

En cuatro horas se ven seis conciertos de los que se programan en El Balcón de las Músicas.

En cuatro horas, un asalariado medio llega al ecuador de su jornada laboral.

En cuatro horas, un cirujano experto ejecuta un transplante de riñón.

En cuatro horas se pueden hacer tantas cosas que perderlas en una fila parece inconcebible. Llámenme criticón, señoritingo o lo que ustedes quieran, pero creo que muy pocas cosas en esta vida merecen una fila de cuatro horas, y por muy orgullosos que estemos de la Expo y por muy bien que nos lo pasemos en ella, creo que no hay nada en Ranillas que merezca cuatro horas de fila. Pero claro, les está hablando de alguien que nunca se ha plantado en la puerta de un cine el día de un gran estreno y que nunca ha pernoctado a las puertas de un estadio para conseguir entradas para el concierto de su vida (que creo que está por llegar aún). Así que no me hagan mucho caso.

¿Cosas que creo que merecen cuatro horas de extenuante fila? Ahí van algunas:

Billetes gratis para un viaje a la Luna.

Billetes gratis para un viaje alrededor del mundo (soy conformado, ya lo ven).

Una noche íntima y desnuda en una villa toscana con la Claudia Cardinale de los años sesenta (la de otras décadas no me vale).

Un concierto privado de los Rolling Stones para mí y mis amigos.

Un plato del cocido madrileño de mi madre.

Un plato del cocido madrileño que yo hago en versión libre inspirada en la de mi madre.

Una liquidación total de hipoteca.

Una toma de contacto con naves extraterrestres.

La cuadratura del círculo y el secreto nunca descubierto de los alquimistas (también me vale la fórmula de la Coca-cola).

Firmar un documento que me declare heredero de Bill Gates.

Firmar un documento que me declare hijo adoptivo (y heredero) de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Un apartamento en Torrevieja, Alicante.

Por menos que algo equiparable a cualquiera de estas cosas no hago cuatro horas de fila. Así que no se compliquen: si la fila se alarga y no hay "fast pass" a la vista, pasen de ella, pídanse una cervecita o un vinito fresquito y disfruten de la animación callejera de Ranillas, que a la fresca se goza divinamente. Y Japón y Alemania que se las compongan como puedan.

EL MERCADILLO DE LA INDIA

. 25 ago. 2008
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Autenticidad. Esa es la palabra. El pabellón de la India es auténtico. Porque no engaña, porque no tiene trampa ni cartón, porque lo que hay es lo que ves.

La gente que lo visita lo recorre con cara enfurruñada. ¿Ya está?, parecen decir. ¿Un póster del Taj Mahal, un tenderete con artesanía, unos tipos que te hacen masajes y tatuajes y un pequeño restaurante sencillo y sin alharacas? ¿Ni una pantallita táctil, ni un discursito sobre el agua del Ganges, ni un cacharrito interactivo con el que jugar? Así es. En la India no hay protocolos ni engañifas ni lucecitas de colores: pase, compre, coma, dese un masaje y siga su camino.

Se ven las tuberías y las tramoyas del pabellón, apenas hay decorado, y las baratijas se exponen en cajas de cartón en el suelo, como en un mercadillo callejero. A muchos puede indignarles, pero a mí me encanta. Me cautiva su aire de bazar y su absoluta falta de pretensión. En una Expo donde cada país compite con los demás como ciervos en berrea por ver quién es el más molón y quién gasta más euros en los montajes, los indios cogen un par de sillas de plástico y se sientan a ver pelis de Bollywood. Genial.

Porque eso sí que no falta: una buena pantalla de plasma con un canal de Bollywood a toda pastilla. Quédense un rato a verla: las coreografías son hipnóticas.

Lo mejor, sin duda, el restaurante, que tampoco tiene pretensión alguna. Comida sencilla del país asiático, un repertorio de sabores picantes (no mucho, en eso sí que han hecho concesiones a las papilas occidentales) acompañados por arroz basmati cocido en su punto. Y a precios populares (al menos, populares en relación con lo que se cobra en otros pabellones y chiringuitos). Los camareros destilan hospitalidad hindú y dan ganas de quedarse con ellos toda la tarde viendo pelis de Bollywood. La verdad es que se está a gusto y la cerveza india Cobra que sirven sabe fresquita y ligera.

Quizá no se ajusta a los cánones, quizá no es lo que uno espera ver en una Exposición Internacional, pero se agradece un toque de espontaneidad de mercadillo entre tanto desparrame tecnológico y de diseño.

AHÍ HICE YO LA MILI

. 20 ago. 2008
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Pilar Estopiñá ha cogido la mala costumbre de invitarme a la tertulia de Amanece en la Expo, el programa que presenta desde el set de ZTV en Ranillas, y esta mañana, mucho antes de que el accidente de Barajas nos quitara las ganas de reír a todos, Javier Miravete, que compartía mesa de debate conmigo, quitó hierro a lo que yo contaba en el post anterior sobre los turistas. "No es para tanto", vino a decir, y subrayó el dato de que solo un 6% de los visitantes de la Expo son extranjeros.

Por supuesto que no es para tanto y por supuesto que ese 6% es un porcentaje ridículo, algo que deberían hacerse mirar en Expoagua, porque no dice nada bueno de la proyección internacional de la muestra internacional (valga el cosmopolitismo), pero mantengo y sostengo que lo que se está viviendo en este agosto que agoniza entre bandazos de cierzo no es ni medio normal. ¿Cuándo habíamos visto a tanto turista por Independencia con su mapita desplegado? De acuerdo, no vienen de Estocolmo ni de Londres y en su mayoría son señores de Albacete o de Barcelona o de Cantabria. Pero es que todo no puede ser. No se puede pasar de la nada absoluta a ser un punto de referencia del turismo mundial. Empecemos por casa, alegrémonos de que al fin el resto de España considera que merece la pena visitar la ciudad que durante tanto tiempo ha ignorado. Si esta afluencia turistera sirve para que se vayan olvidando algunos de los tópicos casposos que pesan sobre Zaragoza (y sobre Aragón en general), bienvenidos sean.

Porque no se me pongan estupendos. No necesito ser cáustico para recordarles a todos que Zaragoza es una completa desconocida en España. Muy pocos saben algo de ella, más allá de que hay una "Pilarica" y de que sus habitantes construyen los diminutivos en "ico" y se llaman "mañicos".

Aunque lo que más pesa es lo castrense. "¿Dónde vive usted, en Zaragoza? ¡Hombre, si allí hice yo la mili!". La de veces que he escuchado esta frase. Con variantes, porque en Zaragoza también pudo hacer la mili un padre, un tío, un hermano, un novio o un amigote perdido en la bruma de los años. Eso es Zaragoza: la ciudad donde se hacía la mili. En fin, algo es algo, menos da una piedra (del Ebro), y gracias a la presencia militar, miles de españoles mantienen una vinculación sentimental profunda con la capital aragonesa. Pero hace años que la mili dejó de existir, y la cantinela de Zaragoza como "ciudad-en-la-que-se-hace-la-mili" empieza a ser un hábito de personas mayores. Los jóvenes españoles ya no tienen esa vinculación con Zaragoza.

Por suerte (sí, creo que es una suerte ser conocido por asuntos culturales antes que por el poderío militar, y muchos convendrán conmigo en eso), para los jóvenes españoles Zaragoza está ligada a otras historias. Es la ciudad de Bunbury, de Amaral, de Los Violadores del Verso. Una ciudad mítica que forjó las carreras de esos ídolos de masas. Pero sigue pesando la otra imagen, la heredada. Los prejuicios sobre Zaragoza como una polvorienta, ventosa y sórdida ciudad provinciana siguen vivos, créanme. Lo he visto en las caras de muchos amigos de Madrid a los que he descubierto una Zaragoza que no esperaban y que han recibido casi hasta con pasión.

En general, Zaragoza gusta al visitante. ¿Cómo no va a gustar? Se tapea estupendamente, sus bares son variados y acogedores, los paseos, gratos, y la historia, apasionante. Especialmente, cuando el relato histórico abandona los grandes tópicos y se adentra por carreteras secundarias: las que llevan a las retorcidas calles del Gancho o a la trasera de la Seo. Pero esa Zaragoza no aparece en el imaginario de los españoles. Para la mayoría, la palabra "modernidad" está reñida con la imagen que tienen de la capital aragonesa. Por eso creo que muchos españoles, gracias a la Expo, están descubriendo una ciudad que no esperaban encontrar.

¿Qué más da que no vengan extranjeros? A mí, por lo menos, me da igual de momento. Me conformo con que, la próxima vez que baje a visitar a mis amigos andaluces, la gente no se refiera a mi ciudad con las cuatro frases de gañán a las que me tienen acostumbrado. Espero que cuando vaya a Málaga, a Santander, a Gerona, a Alicante o a Badajoz, la gente me diga que estuvo en Zaragoza y que le gustó, que disfrutó de una ciudad moderna y abierta cuyas ricas y muy profundas raíces no la han impedido crecer y mirar a otros horizontes. Espero que la Expo termine con la época de los soldaditos y de la gente que hizo la mili. ¿Pido demasiado?

CHANCLETAS Y SANGRÍA

. 18 ago. 2008
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Vuelven las ancas. Las genuinas, las de Ranillas, las remojadas en auténtica y calentorra agua del Ebro. Rechace imitaciones. Me he ido un mes de vacaciones, pero ya he vuelto a mis obligaciones blogueras y tengo el estómago preparado para pegarme un buen atracón de ancas de ranillas de aquí al 14 de septiembre. Gracias por la paciencia, si es que algún lector se ha sentido impaciente: si pueden aguantar las colas del fast pass de la Expo, ¿qué puede suponerles un mes de parón bloguero?

Mientras muchos zaragozanos nos perdíamos por esos anchos mundos, los anchos mundos han seguido empeñados en concentrarse en la Expo. Qué barbaridad, qué gentío, qué de filas, qué calorina. En la puerta de mi casa, un autobús de matrícula francesa lleva tres días aparcado y dando sombra a la acera. Al principio, pensé: qué majo, ha venido tanta gente de tan lejos que ya no les caben los autobuses en los aparcaderos oficiales y tienen que buscar huecos en las calles del centro. Ahora ya no me parece majo. Ahora me preocupa: son demasiados días. ¿Y si el grupo de franceses se ha perdido en la Inmortal Ciudad y no encuentra su autobús? Me preocupa su suerte. Por favor, si ven a unos franceses llorando desconsolados mientras deambulan por las calles, sean compasivos y cómprenles un croissant y una baguette. Que por lo menos estén bien alimentados, no vaya a ser que se tropiecen con un miembro de los Voluntarios de Aragón en plena recreación histórica de los Sitios gritando mueras a Napoleón y al gabacho invasor y les dé un síncope.

Perdónenme, pero es que en Zaragoza estamos muy poco acostumbrados a tanto forastero. Somos nuevos en esto del cosmopolitismo y nos llama la atención ver Independencia, a estas alturas de agosto, llenito (pero llenito de verdad) de turistas con planos desplegados y manteniendo las típicas discusiones de turista:

-Si nous sommes ici, ça c'est Santa Engracia -le dice un ingeniero de Burdeos a su novia de Nantes mientras señala puntitos en su plano.

-Mais, non! Ça c'est ne pas Santa Engracia. Ça c'est El Plata. C'est à dir, "L'argent" en français -le responde la francesita mientras señala al palacio de la Aljafería.

Recuerdo otros agostos yermos. Esos agostos de antaño, donde los cuatro gatos que maullábamos en Zaragoza nos mirábamos de lejos como niños traviesos. Nos dejaban la ciudad para nosotros solos, para que hiciéramos con ella lo que quisiéramos, pero a la hora de la verdad no había nada que hacer. Arrastrábamos los pies junto a los cierres echados de los comercios, abandonados por todos, supervivientes del holocausto veraniego.

Pero este agosto ya no es como los demás. Quizá los locales hayan abandonado la ciudad como siempre y quizá estén en el pueblo, en Salou o recorriendo Nepal en monopatín, pero ya no se nota su estampida, porque su puesto ha sido ocupado por una especie desconocida en Zaragoza hasta este año: los turistas.

Todos con su plano y su look reglamentario (pantalón corto, sandalias, cámara al cuello). Te tienes que apartar para no salir en sus fotos, y disparan compulsivamente a todo lo que se menea. O a todo lo que no se menea, más bien. Al Justicia de la plaza de Aragón le tienen ya frito.

El plan está claro: un día a la Expo y otro día a recorrer la ciudad. Y todos acaban -tontos no son- en la plaza de Santa Marta, que se nos ha puesto imposible a la hora de cenar. Otros agostos, cenábamos en el Dominó o en los Victorinos tan ricamente, pero este año no hay forma. ¿Nos volveremos tan quisquillosos con los turistas como los sevillanos o los madrileños? ¿Les timaremos, les robaremos, les aguaremos la sangría?

Los Héroes del Silencio tienen una canción que se titula Agosto que dice en una estrofa: "Tierra prometida que nos pertenece, / ¿qué más nos da / ser moro o cristiano, / si hay para los dos?".

Pues eso, que aquí hay Zaragoza para todos, y solo hay que pedir a los bares de la plaza de Santa Marta que no descuiden el abastecimiento. Porque si se nos acaban las tapas, entonces sí que se puede armar una buena. Pero mientras haya jamón, todos contentos.

EN UN MES...

. 13 jul. 2008
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En un mes, los enamorados se dan cuenta de que lo están. Ya ha pasado todo un mes, se dicen, asombrados de querer seguir viéndose.

En un mes, el pan Bimbo se pone verde y hay que tirar las rebanadas sin comer. Madre mía, si creía que lo compré ayer, no puede haber pasado todo un mes, nos decimos.

En un mes, Philleas Fogg debía andar ya cerca de la India, a punto de salvar a la princesa viuda a la que iban a quemar con el cadáver de su marido (¿o eso solo pasó en la serie de dibujos animados?).

En un mes se puede leer una novela de las gordas, clasicorras y densas. La montaña mágica, de Thomas Mann, por ejemplo. O Los demonios, de Dostoievski. O El Rojo y el Negro, de Stendhal. Y se puede acabar el mes cerrando el libro con fuerza y diciendo: ¿cómo me ha podido costar un mes entero leerme esto?

En un mes se pueden perder cinco kilos a base de ensaladas, y mirarse en el espejo diciendo: estoy hecho un figurín.

En un mes también se pueden ganar esos cinco kilos a base de pucheros de la abuela.

En un mes nos fundimos una nómina y esperamos la siguiente como agua de mayo.

En un mes emborronamos treinta páginas de agenda, y cuando las repasamos no entendemos ni la mitad de las cosas que apuntamos en ellas, y nos decimos: ¿en qué he empleado este mes?

En un mes nos aprendemos de memoria una ciudad, y también nos hartamos de ella.

En un mes nos ponemos morenos y le damos vida a esa piel blancuzca e invernal.

Un mes no es nada, pero en él puede pasar de todo.

En un mes, una ciudad se puede transformar hasta que no la reconozcan ni sus hijos.

Ha pasado un mes. El primero de los tres que dura la Expo, y en ese mes, la Expo también ha cambiado. Se han acumulado muchas quejas, pero poco a poco, se van subsanando. Todos los zaragozanos y los visitantes sabían que organizar un sarao semejante era muy complicado, y no hay ensayos generales, por más que se invitara a unos pocos miles de zaragozanos a darse un garbeo por Ranillas un par de días antes de la inauguración.

Había cosas imprevisibles y otras que podrían haberse previsto, pero en su conjunto, las cosas se van ajustando. Creo que la Expo mejora conforme avanza: la experiencia es clave en este tipo de asuntos.

Eso sí, hay cosas que tienen difícil solución. Las filas, muy especialmente. Habrá que resignarse a ellas.

Y, sobre todo, habrá que enviar un abrazo a los miembros de Ojalá Entretenimiento, deseando que su compañero se recobre pronto y bien del accidente que sufrió la semana pasada y que podamos ver Hombre vertiente de nuevo, porque, sin duda, era una de las mejores propuestas escénicas de la Expo.

Quedan todavía dos meses por delante, y en este blog solo se han apuntado algunas de las muchas cosas de las que esta ciudad está dando que hablar. Ustedes me perdonarán, pero a pesar de la Expo, yo me voy de vacaciones, y este blog echa el cierre durante cuatro semanas. Otros hablarán de lo que aquí se habla, y seguro que lo hacen con mucha más gracia y salero. Muchas gracias a los que habéis leído y comentado alguna cosilla. Podéis seguir haciéndolo en cualquiera de los 20 artículos publicados hasta el momento. Yo os veré de nuevo el 13 de agosto. Hasta entonces, disfrutad de la Expo y de la vida.

ROCK EN EL APARCAMIENTO

. 12 jul. 2008
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En primer lugar, discúlpenme por tener este blog tan abandonadillo estos días, pero es que la empresa que me paga por escribirlo me ha tenido ocupado en otros menesteres. Entre ellos, intentar cubrir un festival de heavy metal que acabó como María Sarmiento. Sí, hombre, la que se llevó el viento.

Tocar música en un aparcamiento tiene muchos peligros: te pueden robar los instrumentos, el guardia de seguridad te puede echar con cajas destempladas y un conductor despistado te puede destrozar la guitarra al dar marcha atrás. Si el aparcamiento es el de la Feria de Muestras, además, puedes salir volando.

Muchos veníamos comentándolo desde hacía bastante tiempo. Incluso lo habíamos sacado a colación en los papeles: ni podemos aceptar barco como animal de compañía, ni la Feria de Muestras como lugar para macroconciertos. Sí, bueno, vale, de acuerdo: la tormentaza del viernes hubiera caído igual sobre la Romareda. De hecho, cayó también sobre la Expo, y los que fueron a ver ese dúo Estrella Morente-Dulce Pontes, que resume las esencias femeninas de lo ibérico, se fueron también con un palmo de narices. Pero, por lo menos, los de la Expo pudieron tomarse una copa y brindar por el desaguisado. O volver al centro tan campantes. Sin embargo, los pobres desgraciados (en su mayoría, chavales sin vehículo) que vieron cómo se suspendía (por segunda vez en dos años) el concierto de Deep Purple el viernes, no tenían alternativa. Como Adán y Eva, fueron desterrados al ingrato yermo para intentar subirse a un autobús con el sudor de su frente. Y con el de otras muchas partes de su cuerpo.

Es triste que una ciudad que aspira, según su alcalde, a ser "la tercera de España" no encuentre un sitio mejor para organizar estos saraos masivos que un aparcamiento en medio de la nada, sin transporte público ni accesos decentes. ¿Cómo se concilia el gusto que los gobernantes le han cogido a organizar macrofestivales (¿"panen et circum"?) con el hecho de que estos macrofestivales se celebren siete pinos más allá del quinto pino, como queriendo alejar a la molesta chusma conciertil de la dignidad de la ciudad? Valdespartera también está lejos, pero al menos tiene mejores y más cómodas soluciones de transporte. Ya se vio en el Pilar.

Todavía recuerdo con angustia el caos que se organizó al término del concierto de los Rolling Stones. Además, ver pasar los coches por la autovía mientras los rockeros se entregan en el escenario provoca cierta congoja. Piensas: ¿estaremos haciendo algo clandestino, aquí, en medio de la nada, con los trailers pasando a toda velocidad?

Quizá solo yo lo veo así. Quizá es que soy un cenizo.

No seré demagogo: ningún gestor ni ningún organizador controla el clima. Bueno, quizá Gay Mercader y Bob Geldof sí, que esos lo controlan todo. Que una tromba de agua y viento arruine un festival entra dentro de lo posible y de lo incontrolable. Todo el mundo cuenta con eso, y el público suele tomárselo con sana resignación. Pero quizá lo que ha pasado este fin de semana sirva para que alguien reflexione sobre la conveniencia de insistir en la Feria de Muestras como "macroconcertería municipal". Más que nada, porque cuando una tormenta arruina la función, ¿qué haces con miles de personas enfadadas, caladas y con distintos grados de embriaguez en medio de la nada? ¿No sería mejor que estuviesen más cerca de la ciudad y pudiesen buscar por su propio pie un bar donde ahogar sus penas?

Vamos, digo yo.
Foto: Maite Fernández.

ADIÓS, SERGIO ALGORA

. 9 jul. 2008
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Este blog va de "bocados y picoteos de Zaragoza en tiempos de Expo". Habla de la transformación de la ciudad, de lo que pasa en Ranillas, de ese futuro hecho presente. Pero se centra fundamentalmente en lo que Zaragoza vive ahora mismo, en las cosas que la hacen vibrar. Y, hasta hoy, una de las personas que mejor sabía hacer vibrar a la ciudad era Sergio Algora, a quien la muerte se ha llevado mientras dormía.

Sergio no verá cómo culmina esa transformación de su querida Zaragoza, pero su huella quedará en unos cuantos rincones, y cuando seamos unos abuelos cebolleta y nos empeñemos en evocarles a nuestros nietos cómo fueron estos años de transformación y fiebre, no podremos eludir su nombre. Él ha hecho de Zaragoza parte de lo que es.

En las necrológicas y semblanzas mortuorias que se publican en la web y en el papel ya se han glosado los datos enciclopédicos que justifican el homenaje y que dan cuenta de las dimensiones de la pérdida. No redundaré. No necesito recordar al músico de culto de El Niño Gusano y La Costa Brava, ni al apreciado poeta, ni al vocacional contador de historias en forma de cuentos. Por todas esas cosas pasará a la historia de la cultura pop de este país, pero no son esas las obras que le han hecho parte irrenunciable de la esencia de Zaragoza.

Es su presencia, su incansable presencia nocturna la que dejará la huella más profunda en la ciudad. Incluso para quienes no le tratábamos, para quienes Algora solo era un "ey-qué-tal-va-todo-bien-me-alegro-hasta-luego", era un tipo crucial. Me refiero a los que nos encontramos a ciertas horas por ciertos bares. Algora siempre estaba en ellos, pinchando músicas estrambóticas y no siempre divertidas ni bailables, con una erudición pop apabullante. Te lo tropezabas en todas partes, todo el mundo le saludaba, todos sabían de su vida y de sus andanzas. Cuando alguien escriba unas historias crápulas de las noches de Zaragoza, Algora ocupará un sitio de honor.

Tan intensa y constante era su presencia que acabó, como era lógico, montando un bar. El Bacharach se convirtió visto y no visto en una referencia noctámbula inevitable. Por allí pasaba todo el mundo. Tanto era así, que muchas noches era imposible entrar: parecía que la gente iba a salir despedida por la cristalera, que el bar iba a reventar de éxito. A veces, pinchaba él. Otras muchas, sus amigos: ex niños gusanos, costabraveros, melómanos del surf... Fauna popera y variada.

Ahora ya no nos lo cruzaremos por la noche. Ya no nos toparemos con un conocido a las tantas de la mañana que nos diga: "He visto al Algoritmo pinchando en tal sitio".

Sus admiradores y amigos lo sienten mucho y así lo testimonian. La noche zaragozana lo va a sentir mucho más.

DEL SUSPENSO AL SOBRESALIENTE

. 8 jul. 2008
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Supongo que pasará en todos los saraos internacionales en los que se imponga a los participantes un pie forzado (en este caso, por si no se habían enterado, el pie forzado es el agua). Se parece mucho a una clase escolar que tiene que hacer un ejercicio sobre un tema. Hay alumnos que siguen a rajatabla el pie forzado, tanto, que resultan planos e insustanciales. Son correctos aunque sosos, el profesor no puede suspenderles, pero tampoco puede ponerles una nota muy alta. Los hay que se limitan a cubrir el expediente, salvando los muebles de forma chapucera e improvisada. Estos están al borde del suspenso. Otros alumnos se pasan el pie forzado por el forro y escriben lo que les da la gana, porque ellos están en la clase sin interés por lo que se hace en ella. Algunos miembros de este grupo pueden salvarse del suspenso en función de la jeta que le echen: si su desparpajo y cara dura son medianamente ingeniosos y hacen gracia al profesor puede que se libren.


Pero todos conocemos a ese grupo o a ese alumno privilegiado que aúna inteligencia, talento, capacidad de trabajo e imaginación en un mismo coco. Es ese tipo que coge el pie forzado pero lo reinterpreta a su manera y a su estilo, aunque sin pervertirlo un ápice. Trasciende las exigencias del ejercicio y, apoyándose en el pie forzado, crea una obra significativa, profunda e incluso emocionante. Son los estudiantes de matrícula de honor.

En la Expo se pueden encontrar participantes-alumnos de todos esos grupos.

Entre los alumnos que se han ceñido estrictamente al tema del agua pero sin esforzarse por aportar nada medianamente atractivo u original están -en mi humilde opinión- Portugal, Francia y algunos de los países englobados en el pabellón de América Latina. Portugal ha resuelto el espacio hablando de sus ríos, que nacen en España, con una serie de fotografías y paneles. Francia ha llenado de juegos interactivos sus dos pisos de pabellón y, en un primer momento, parece que se lo ha currado mucho, pero después de tocar unos cuantos cachivaches y sentir lo que siente una gota al ser desalada, uno se queda con la sensación de que lo que realmente hay ahí es un stand de promoción turística de los departamentos pirenaicos, con folletos por todas partes. Están bien, pero uno no puede evitar pensar que falta algo. Incluiría en esta categoría de "notable bajo" a Bélgica (pese a las fantásticas cervezas que sirve en su bar, y que le hacen merecedora de una nota mucho más alta) y a Polonia. Ojo, que no es que los ejercicios de estos alumnos estén mal. Es que, estando bien, da la impresión de que podrían estar mucho mejor.

China sería un buen ejemplo de ese grupo que hace el ejercicio deprisa y corriendo. ¿De qué va esto, de agua? Pues venga, rápido, móntenme unas cuantas cosas acuáticas con muchas pantallas y acabemos pronto. Parece que la compleja relación que una cultura rica y milenaria como la China ha tenido con sus larguísimos ríos y sus épicas inundaciones monzónicas, con sus campos de arroz, sus embarcaciones tradicionales y con todo lo que se les venga a la cabeza, daba para algo más que para unas cuantas pantallas que ni siquiera son interactivas (en una Expo donde todo es táctil y juguetón). China aprobaría por los pelos.

Entre los jetillas que pasan de todo pero aspiran a que su cara dura caiga simpática al profesor están Malta, Qatar y Lituania, con desigual valoración. A Malta le daría, sin duda, un suspenso: su pabellón no es más que un stand de Fitur, de promoción turística del país. El tema del agua no aparece ni mirándolo del revés. Han ido a vender los encantos turísticos de su país y lo demás se la trae al fresco. Podían haber disimulado un poco, como han hecho otros países.

Qatar y Lituania, en cambio, aprobarían por salerosos. La escuela es así de injusta: hay que contar con el humor subjetivo del profesor, que favorece a quien le cae simpático, aunque probablemente no lo merezca académicamente. A Qatar le salvan sus altísimos azafatos qataríes vestidos de blanco inmaculado. Mis amigas dicen que están buenísimos. Punto a su favor. A Qatar también le salva el té que sirven gratis y la tontería de que te escriban tu nombre en caracteres árabes, con una caligrafía preciosa. Una licencia de feriante de pueblo que siempre triunfa.

Lituania se libra del suspenso porque, aunque tampoco ha sido muy escrupuloso con el pie forzado y ha venido a Zaragoza a vender sus lindezas turísticas (y sus gestas baloncestísticas), es el pabellón ideal para toda la familia. La fuente de su interior, idéntica a la que hay en la plaza temática Oikos, es el entretenimiento perfecto de los niños. Y mientras los chavales se remojan y corretean entre los chorros, los papás pueden reponer fuerzas con una fantástica cerveza lituana o con un vaso de sidra de pera, que ya he mencionado en este blog como una de las mejores cosas que se pueden probar en la Expo. El bar, integrado en el pabellón, tiene muy buen ambiente.

Por último, entre los que merecen el sobresaliente, hay dos que, a mi juicio, pueden disputárselo: Marruecos y Tailandia. Muy en especial, Marruecos.

Los vecinos del sur del Estrecho no solo han creado un agradabilísmo espacio moruno-andalusí con sus columnas y sus arcos de herradura, que se agradece con la canícula, sino que, como alumnos aplicados, han trascendido el pie forzado del agua y lo han reinterpretado. Así, han traído una estupenda exposición de cerámica del Rif y de otras regiones marroquíes para ilustrar de una forma estética, histórica y dramática la relación que los marroquíes han tenido con el agua: vasijas y cántaros que han cruzado el desierto y las ásperas montañas y que han marcado un modo de vida. Una agradable sorpresa muy bien pensada.

Con Tailandia, el profesor dudaría si ponerle un sobresaliente o dejarlo en notable alto, porque la verdad es que algunos aspectos de la presentación dejan un poco que desear, museísticamente hablando, pero se agradece mucho el esfuerzo que han puesto en otros detalles. De hecho, dudo muchísimo si incluirlo aquí, porque lo cierto es que no tengo muy claro qué es lo que de verdad me ha gustado. Supongo que el trono que van a regalar a la ciudad (¿dónde lo pondrán?) y la escultura del Árbol del Agua. Las barcas de transporte fluvial expuestas son muy interesantes. Es pobre, cierto, y los maniquíes de la entrada dan un poco de mal rollo, pero uno sale de allí con una buena sensación.

Aunque parezca mentira, todavía no he visto todos los pabellones, así que conforme los vaya viendo, los incorporaré a alguna de estas categorías. ¿Y vosotros? ¿Qué notas pondríais a los pabellones que habéis visitado? Sin cortaros, que las notas son subjetivas, no tenéis por qué coincidir ni con mis apreciaciones ni con las de nadie. Por supuesto, me reservo el derecho de cambiar de opinión en sucesivas visitas, según el talante del día.
Fotos: Oliver Duch, Noelia San José, Pedro Etura.

DOCTOR JEKYLL Y MR. HYDE

. 7 jul. 2008
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La Expo, ya se habrán dado cuenta, es como Jekyll y Hyde. Jekyll de día y Hyde de noche. Al principio, creía que la transformación se debía al brebaje cervecil que se consume en Fluvivaso, pero ahora me inclino a pensar que la poción mágica es la sidra de pera que sirven en el pabellón de Lituania. Pruébenla y me cuentan qué tal.

Ya sé que en la novela de Stevenson Jekyll es un respetado burgués londinense, un docto caballero que fuma en pipa y lee junto al fuego. Pero vivimos donde vivimos, y Jekyll solo puede ser un señor de mediana edad, con pantalones cortos (cómodos y frescos para la solana) que viaja con una corte de variada extensión. La versión más reducida de esa corte es la compuesta en exclusiva por su señora, y la más amplia, por su señora, numerosa prole (desde el adolescente enfurruñado al criejo saltarín), padres, suegros y cuñados.

Jekyll calza chancletas y una camisa de manga corta, la misma que luce otros veranos en Salou a la caída de la tarde, cuando toca tomar la cerveza vespertina en el paseo. Jekyll es socarrón, le escandalizan los precios de algunas cosas (de casi todas, para qué engañarse) y disfruta de lo majo que está todo. Jekyll le da a la Expo ese aire diurno tan de andar por casa, tan entrañable, tan pachanguero, tan de vermú de pueblo.

Pero, cuando cae la noche, en la Expo reina Hyde.

Este Hyde tampoco es el Hyde de Stevenson. No asesina, no da miedo, no se escurre por los antros y callejones del East End. Este Hyde es algo más joven que Jekyll. Viste informal, pero procura dar el pego y con un toque de modernidad. A las once de la noche, mientras Jekyll, desfondado y roto de recorrer pabellones, se retira a un merecido descanso, Hyde entra en Ranillas más fresco que un pimpollo. Se cruza con Jekyll, que arrastra los pies, y le sonríe desde su frescura noctámbula.

Hyde pasa de los pabellones y pide una cerveza. Ronda el Balcón de las Músicas, el Auditorio, cualquier rincón donde se escuche música y se pueda alternar. Se apoltrona en la terraza del Acuario con un cóctel de 20 euros en la mano, ligotea con una congénere en un recoleto banco a la orilla del Ebro o ataca un plato de sushi, palillos en ristre, en el restaurante de Japón (muy recomendable, por cierto: pidan un sushi lo más variado posible y gozarán tanto que no les dolerá mucho la cuenta).

Hyde tiene pase pernocta y disfruta de esa Expo nocturna con otros ritmos menos familiares que los diurnos.

Había un canal de televisión por cable que emitía videoclips de música comercial por el día y rock and roll algo más cañero y alternativo por la noche. El lema del canal era (leer con voz de locutor británico): "Smooth by day, rock by night" (tranquilo de día, rockero de noche). Así es Ranillas también.

Tenemos dos Expos en una, y en ninguna hay Fluvis. Yo, la verdad, lo agradezco: siempre he compadecido a quienes tienen que embutirse en esos trajes de mascota, y más con esta chicharrina.

Elijan con cual se quedan. O hagan como yo y no elijan: aprendan a disfrutar de ambas. No dejen que les obliguen a decir si quieren más a papá o a mamá.

DENTRO DE 50 AÑOS

. 2 jul. 2008
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Estaba en un duermevela de sofá viendo un documental del Canal de Historia (que para sestear sirven tanto como los de La 2), y al abrir el ojo legañoso vi un recinto familiar: un teleférico, carcasas de ovni parecidas a las plazas temáticas y gente paseando con garbo y entrando y saliendo maravillada de pabellones con nombres de países.

Dios mío, ¿tanto he dormido?, me pregunté. ¿Ya han pasado cien años y estoy viendo un documental histórico sobre la Expo? Me froté los ojos maldiciendo mi proverbial sueño profundo y me fijé en las imágenes. Sí, se parecía todo mucho a la Expo. Muchísimo, pero la gente vestía raro. Parecían figurantes de una peli de gansters, con unos peinados anticuadísimos y unos modelitos del Pleistoceno. Le di volumen y enseguida me enteré de que aquello era un documental sobre la Expo de Bruselas de 1958, de la que ahora se cumple medio siglo y, al parecer, los belgas están celebrando la efeméride con alegría (con alegría belga, cuidado, nada de salirse de madre).

Fue una Expo importantísima, pues fue la primera que se celebró tras la Segunda Guerra Mundial, y marcó un momento de disensión en la Guerra Fría. Estos belgas, siempre tan conciliadores y diplomáticos.

Al ver aquellas grabaciones en technicolor me pregunté: ¿es que todas las "expos" se parecen? ¿Es que todas tienen formas métálicas, sinuosas, marcianas y coloreadas? ¿Todas tienen ese aire de parque de atracciones futurista? En serio, esas secuencias de Bruselas en 1958 recordaban mucho a Ranillas en 2008.

Y como con el Canal de Historia, además de sestear, se aprenden cosas, pude apreciar en su magnificencia el Atomium, el legado más importante que aquella Expo dejó en el paisaje de la capital belga. Es, como su nombre indica, un gigantesco átomo de metal, con sus protones y neutrones y las cosas que dicen que tienen los átomos, y a su vera, los bruselenses se juntan para ver conciertos y disfrutar del fenomenal parque que hoy es lo que fue el recinto de la exposición.




No sé cómo se lo tomarían sus contemporáneos, pero erigir un monumento al átomo como reclamo principal de un sarao universal en plena Guerra Fría (sí, hombre, acuérdense: el botón rojo, los refugios subterráneos, la destrucción mutua asegurada y todas esas cosillas) no me termina de parecer de buen gusto.

Pero qué sabré yo. En 1958 la gente estaba hecha de otra pasta: veían pelis de gansters, fumaban tabaco negro y bebían bourbon sin hielo y de trago. No se les asustaba con cualquier cosa.

¿Cómo nos verán dentro de 50 años? ¿Qué legado perdurará de la Expo de Ranillas? ¿Dónde celebraremos el 50 aniversario? ¿En la Torre del Agua, en el Pabellón Puente, en un recuerdo virtual de ambos edificios? ¿Pensarán los sedientos terrícolas de dentro de medio siglo, asolados por el cambio climático, que la elección del tema del agua y el desarrollo sostenible no solo fue de pésimo gusto sino de un sarcasmo inaguantable?

Habrá que ver.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

. 1 jul. 2008
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No negaré que las multitudes y el calor de la masa tienen su punto. Mezclarse con el mogollón, devorar decibelios y corear estribillos verbeneros puede estar bien para un rato, pero los que tenemos el temperamento tirando a asténico preferimos un rincón donde no se nos exija adhesión hitleriana a las consignas grupales. No somos de óperas, sino de recitales de cámara.

Por suerte, la Expo es para todos los públicos, pero de verdad. No es el "para todos los públicos" hueco y complaciente que en realidad quiere decir que solo es para un determinado tipo de público: familiar, pequeñoburgués, timorato, asustadizo, monocorde. La Expo se ha hecho propósito serio de ser para todos los públicos, y en lugar de aplanar sus propuestas hasta reducirlas a una mínima expresión inane, las ha diversificado. Todos los públicos están ahí, pero cada uno en su espacio. Como debe ser.

El Balcón de las Músicas se ha convertido en un refugio para uno de esos públicos que conforman el "todos los públicos" global. Hay cuatro o cinco espectáculos diarios, pero el mejor suele ser el último, pasada ya la medianoche. Para esa hora -la mejor hora para un concierto de esas características-, Chema Fernández ha escogido una serie de delicatessen sonoras que trasladan a Ranillas el espíritu de La Casa del Loco, tal y como lleva unos años haciendo en la Lonja medieval de Sos del Rey Católico con el festival Luna Lunera.

Pequeñas delicias del panorama internacional para los amantes-degustadores de músicas sinceras, sin costra comercial: una galería de artistas de culto exquisitamente escogidos que tocan todos los palos de la música popular.

Su aforo es de 400 personas, pero yo todavía no lo he visto lleno. Estamos cuatro gatos, disfrutando de la brisa (a veces, un punto huracanada: a Dayna Kurtz casi la dejan afónica la otra noche) y del espectáculo. Las mismas caras que solemos vernos en La Casa del Loco, todas sonrientes, satisfechas de que la Expo no se haya olvidado de nuestros gustos y no nos haya abandonado en medio del habitual secarral musical en el que se transforma Zaragoza en cuanto empiezan a apretar los calores.

Por ahí suele aparecer el crítico Gonzalo de la Figuera, con mucho trabajo estos días, pero feliz, porque siempre se le ve feliz en los conciertos, y por ahí asoma el comando itinerante del Colectivo Anguila, que está haciendo una serie de retratos de los artistas que pasan por el balcón hechos en el camerino, cinco minutos antes de que salten a escena. Me dijeron un día que pasara con ellos a conocer a la cantante que tocaba ese día -de la que soy fan-, pero mi timidez atávica me retuvo en el asiento, con mi cervecita en Fluvivaso.

Siempre se repite la misma mecánica: el balcón parece concurrido en el arranque del concierto, pero tras las tres primeras canciones, los curiosos que pasaban por ahí se aburren y nos quedamos los cuatro gatos incondicionales. Conciertos cuasiprivados. Supongo que serán una ruina caracolera con tan poquitos adeptos, pero la Expo solo se vive una vez. Lo tomaremos como un regalito veraniego.

Qué noches las de este año, amigos. La brisita del Ebro, una cervecita en Fluvivaso, viejos amigos y conocidos por compañía y un elenco de artistones internacionales regalándonos nuestros privilegiados oídos.

La Expo acaba de anunciar que va a crear una entrada solo para espectáculos nocturnos, más barata. Todo un acierto, porque lo que pasa en la Expo cuando se va el sol es de lo más interesante. No se me ocurre mejor sitio en Zaragoza donde disfrutar de las veladas de verano.

Disfrútenlas ustedes también.

ARQUITECTOS A LA GREÑA

. 30 jun. 2008
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El título de esta entrada podría ser una receta de antropofagia tradicional, de esas que recupera Eugenio Monesma en sus documentales, como las patatas a la greña, pero con arquitectos. Pero no, alguien intentó prepararlo una vez y el plato resultó correoso, y un discípulo de Santi Santamaría lo calificó de "prístino ejemplo de esa antropofagia pretenciosa que no queremos en nuestros restaurantes". En lo que a canibalismo se refiere, la gente prefiere comer seres más sencillos. Siento desilusionar a los que andaban buscando en Google una receta para epatar a sus amigos y han recalado en este blog, pero este artículo no va de comer arquitectos, sino que se limita a hablar de la que está cayendo en el mundo de la arquitectura a propósito del Pabellón Puente de Zaha Hadid.


En resumen, por lo que he podido saber hasta ahora, el Pabellón Puente gusta al ciudadano-paseante común y disgusta hasta el sarcasmo a los arquitectos. Quiero decir en términos generales, porque se dan casos de ciudadanos-paseantes horrorizados y de arquitectos satisfechos que aplauden hasta que se les ponen rojas las palmas de las manos. Esto ha generado una polémica entre los arquitectos, polémica que ha pasado desapercibida a los ciudadanos-paseantes, que bastante tienen con pasear y buscar una sombra en los secarrales de la Expo.

El fuego lo abrió todo un gurú de la crítica arquitectónica mundial, el británico William J. R. Curtis, autor del venerado libro La arquitectura moderna desde 1900. En un extenso y afilado artículo publicado en el suplemento Babelia de El País una semana antes de la inauguración de la Expo, se refirió a la obra de Hadid en estos términos:

"El puente es una de esas obras 'con firma' procedentes de un miembro del star system internacional y uno tiene la impresión de que procede de
otro planeta. Al ser tan excesivo en su expresionismo escultórico e impreciso en su articulación estructural y en sus detalles, hace que uno anhele una solución más sencilla y rigurosa que esté más acorde con el terreno y que, al mismo tiempo, permita a la gente disfrutar de las vistas del río. Cierto es que se supone que en este puente para peatones se van a organizar exposiciones, pero sigue siendo con exceso introvertido".


Vamos, que Mr. Curtis no dijo más porque la proverbial flema británica le conmina a encorsetar su discurso en los límites de la caballerosidad, pero queda claro que el Pabellón Puente no le ha gustado nada.


No es la única voz del mundo arquitectónico que se expresa en términos parecidos, y las críticas en los últimos meses han sido tantas que la propia Zaha Hadid, cuando vino a Zaragoza a inaugurar su obra hace un par de semanas, pidió respeto: "Yo no hablo de los puentes de otros arquitectos", declaró, como diciendo: "No me tiren de la lengua, que las gasto muy malas". No sabemos si durante la cena que disfrutó en El Fuelle -donde todo el mundo sabe que el recio vino de la tierra que sirven con generosidad en las tradicionales jarras de barro suelta la sin hueso una barbaridad- se explayó con mayor profusión. Tampoco se sabe si a Mr. Curtis le pitaron los oídos esa noche.

Al margen de lo estrictamente arquitectónico, el puente de la gran dama iraquí ha sido criticado por su sobrecoste, por su supuestamente innecesaria complejidad técnica y por la cantidad de esfuerzo suplementario que ha obligado a hacer en el dragado del Ebro para su cimentación. Las malas lenguas dicen que Ibercaja, su propietario para después de la Expo, todavía no tiene muy claro qué hacer con él, pues su complicado y sinuoso interior no permite montar un museo en condiciones. Pero yo, que soy un lego superficial que apenas tiene opinión de nada, me quedo con la broma que hacen en el blog Mi mesa cojea, donde lo comparan con un ovni. En concreto, con un ovni de una conocida serie de televisión.

A estas alturas, ¿sufren mucho por la pobre Zaha Hadid? ¿No soportan verla zaherida por las críticas inmisericordes de sus mezquinos y envidiosos colegas? Pues no padezcan más, porque ya hay un arquitecto andante que ha salido a su rescate cabalgando en su brava montura de dinteles y capiteles jónicos.

El héroe se llama Diego Fullaondo, y en una serie de artículos publicados en el portal Soitu (periódico digital elaborado por disidentes de elmundo.es) reta a duelo a quienes mancillen el honor de Zaha. Al menos, a quienes lo mancillen sin dar argumentos de peso. Al loro:


"Creo que lo que asusta tanto a los especialistas es la desbordada voluntad
expresiva del puente. Una voluntad expresiva que conforma íntegramente todos los elementos constitutivos del edificio. Estructura, instalaciones, acabados, cerramientos y por supuesto el espacio, se supeditan al impulso creativo inicial, obligando a realizar soluciones no convencionales para cada uno de los apartados. Mientras, de manera magistral, el hayedo del Pabellón de España consigue traducir su metáfora inicial a elementos tradicionales y reconocibles de la arquitectura contemporánea, el proyecto de Zaha propone una nueva definición en todo su lenguaje arquitectónico".

Fullaondo tacha de insustanciales y banales muchas de las críticas que se han hecho al Pabellón Puente. Se despacha a gusto: "Argumentaciones simplonas y tabernarias, más propias de una acalorada discusión futbolística que de cualquier otra cosa. Su profunda mediocridad, suavemente informada, les hace despreciar todo aquello que no entienden".

Vamos, que la cosa está calentita. ¿Y a vosotros, qué os parece? ¿Lo habéis visto por dentro y por fuera? ¿De día y de noche? ¿Con sol y nublado? ¿Qué os sugiere? Hablad, nos os cortéis, pues aquí está hablando todo el mundo.

Fotos: José Carlos León.

¿De qué va este blog?

El asombro cotidiano de alguien que se siente turista en su propia ciudad. Armado con una cámara, el periodista de HERALDO Sergio del Molino capturará fotos y vídeos de la ciudad de la Expo (e incluso de la propia Expo) y los servirá aquí aliñados con sus balbuceos de hombre asombrado ante el progreso. A veces, en pequeñas dosis, como una tapa de anca de ranilla. Otras veces, en plato grande, hasta el hartazgo.

Podéis comentar cada entrada con libertad, pero el autor del blog se reserva el derecho de moderar las intervenciones, por eso pueden tardar un tiempo en aparecer en la página.

¿Quién lo escribe?

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Sergio del Molino