EN UN MES...

. 13 jul. 2008
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En un mes, los enamorados se dan cuenta de que lo están. Ya ha pasado todo un mes, se dicen, asombrados de querer seguir viéndose.

En un mes, el pan Bimbo se pone verde y hay que tirar las rebanadas sin comer. Madre mía, si creía que lo compré ayer, no puede haber pasado todo un mes, nos decimos.

En un mes, Philleas Fogg debía andar ya cerca de la India, a punto de salvar a la princesa viuda a la que iban a quemar con el cadáver de su marido (¿o eso solo pasó en la serie de dibujos animados?).

En un mes se puede leer una novela de las gordas, clasicorras y densas. La montaña mágica, de Thomas Mann, por ejemplo. O Los demonios, de Dostoievski. O El Rojo y el Negro, de Stendhal. Y se puede acabar el mes cerrando el libro con fuerza y diciendo: ¿cómo me ha podido costar un mes entero leerme esto?

En un mes se pueden perder cinco kilos a base de ensaladas, y mirarse en el espejo diciendo: estoy hecho un figurín.

En un mes también se pueden ganar esos cinco kilos a base de pucheros de la abuela.

En un mes nos fundimos una nómina y esperamos la siguiente como agua de mayo.

En un mes emborronamos treinta páginas de agenda, y cuando las repasamos no entendemos ni la mitad de las cosas que apuntamos en ellas, y nos decimos: ¿en qué he empleado este mes?

En un mes nos aprendemos de memoria una ciudad, y también nos hartamos de ella.

En un mes nos ponemos morenos y le damos vida a esa piel blancuzca e invernal.

Un mes no es nada, pero en él puede pasar de todo.

En un mes, una ciudad se puede transformar hasta que no la reconozcan ni sus hijos.

Ha pasado un mes. El primero de los tres que dura la Expo, y en ese mes, la Expo también ha cambiado. Se han acumulado muchas quejas, pero poco a poco, se van subsanando. Todos los zaragozanos y los visitantes sabían que organizar un sarao semejante era muy complicado, y no hay ensayos generales, por más que se invitara a unos pocos miles de zaragozanos a darse un garbeo por Ranillas un par de días antes de la inauguración.

Había cosas imprevisibles y otras que podrían haberse previsto, pero en su conjunto, las cosas se van ajustando. Creo que la Expo mejora conforme avanza: la experiencia es clave en este tipo de asuntos.

Eso sí, hay cosas que tienen difícil solución. Las filas, muy especialmente. Habrá que resignarse a ellas.

Y, sobre todo, habrá que enviar un abrazo a los miembros de Ojalá Entretenimiento, deseando que su compañero se recobre pronto y bien del accidente que sufrió la semana pasada y que podamos ver Hombre vertiente de nuevo, porque, sin duda, era una de las mejores propuestas escénicas de la Expo.

Quedan todavía dos meses por delante, y en este blog solo se han apuntado algunas de las muchas cosas de las que esta ciudad está dando que hablar. Ustedes me perdonarán, pero a pesar de la Expo, yo me voy de vacaciones, y este blog echa el cierre durante cuatro semanas. Otros hablarán de lo que aquí se habla, y seguro que lo hacen con mucha más gracia y salero. Muchas gracias a los que habéis leído y comentado alguna cosilla. Podéis seguir haciéndolo en cualquiera de los 20 artículos publicados hasta el momento. Yo os veré de nuevo el 13 de agosto. Hasta entonces, disfrutad de la Expo y de la vida.

ROCK EN EL APARCAMIENTO

. 12 jul. 2008
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En primer lugar, discúlpenme por tener este blog tan abandonadillo estos días, pero es que la empresa que me paga por escribirlo me ha tenido ocupado en otros menesteres. Entre ellos, intentar cubrir un festival de heavy metal que acabó como María Sarmiento. Sí, hombre, la que se llevó el viento.

Tocar música en un aparcamiento tiene muchos peligros: te pueden robar los instrumentos, el guardia de seguridad te puede echar con cajas destempladas y un conductor despistado te puede destrozar la guitarra al dar marcha atrás. Si el aparcamiento es el de la Feria de Muestras, además, puedes salir volando.

Muchos veníamos comentándolo desde hacía bastante tiempo. Incluso lo habíamos sacado a colación en los papeles: ni podemos aceptar barco como animal de compañía, ni la Feria de Muestras como lugar para macroconciertos. Sí, bueno, vale, de acuerdo: la tormentaza del viernes hubiera caído igual sobre la Romareda. De hecho, cayó también sobre la Expo, y los que fueron a ver ese dúo Estrella Morente-Dulce Pontes, que resume las esencias femeninas de lo ibérico, se fueron también con un palmo de narices. Pero, por lo menos, los de la Expo pudieron tomarse una copa y brindar por el desaguisado. O volver al centro tan campantes. Sin embargo, los pobres desgraciados (en su mayoría, chavales sin vehículo) que vieron cómo se suspendía (por segunda vez en dos años) el concierto de Deep Purple el viernes, no tenían alternativa. Como Adán y Eva, fueron desterrados al ingrato yermo para intentar subirse a un autobús con el sudor de su frente. Y con el de otras muchas partes de su cuerpo.

Es triste que una ciudad que aspira, según su alcalde, a ser "la tercera de España" no encuentre un sitio mejor para organizar estos saraos masivos que un aparcamiento en medio de la nada, sin transporte público ni accesos decentes. ¿Cómo se concilia el gusto que los gobernantes le han cogido a organizar macrofestivales (¿"panen et circum"?) con el hecho de que estos macrofestivales se celebren siete pinos más allá del quinto pino, como queriendo alejar a la molesta chusma conciertil de la dignidad de la ciudad? Valdespartera también está lejos, pero al menos tiene mejores y más cómodas soluciones de transporte. Ya se vio en el Pilar.

Todavía recuerdo con angustia el caos que se organizó al término del concierto de los Rolling Stones. Además, ver pasar los coches por la autovía mientras los rockeros se entregan en el escenario provoca cierta congoja. Piensas: ¿estaremos haciendo algo clandestino, aquí, en medio de la nada, con los trailers pasando a toda velocidad?

Quizá solo yo lo veo así. Quizá es que soy un cenizo.

No seré demagogo: ningún gestor ni ningún organizador controla el clima. Bueno, quizá Gay Mercader y Bob Geldof sí, que esos lo controlan todo. Que una tromba de agua y viento arruine un festival entra dentro de lo posible y de lo incontrolable. Todo el mundo cuenta con eso, y el público suele tomárselo con sana resignación. Pero quizá lo que ha pasado este fin de semana sirva para que alguien reflexione sobre la conveniencia de insistir en la Feria de Muestras como "macroconcertería municipal". Más que nada, porque cuando una tormenta arruina la función, ¿qué haces con miles de personas enfadadas, caladas y con distintos grados de embriaguez en medio de la nada? ¿No sería mejor que estuviesen más cerca de la ciudad y pudiesen buscar por su propio pie un bar donde ahogar sus penas?

Vamos, digo yo.
Foto: Maite Fernández.

ADIÓS, SERGIO ALGORA

. 9 jul. 2008
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Este blog va de "bocados y picoteos de Zaragoza en tiempos de Expo". Habla de la transformación de la ciudad, de lo que pasa en Ranillas, de ese futuro hecho presente. Pero se centra fundamentalmente en lo que Zaragoza vive ahora mismo, en las cosas que la hacen vibrar. Y, hasta hoy, una de las personas que mejor sabía hacer vibrar a la ciudad era Sergio Algora, a quien la muerte se ha llevado mientras dormía.

Sergio no verá cómo culmina esa transformación de su querida Zaragoza, pero su huella quedará en unos cuantos rincones, y cuando seamos unos abuelos cebolleta y nos empeñemos en evocarles a nuestros nietos cómo fueron estos años de transformación y fiebre, no podremos eludir su nombre. Él ha hecho de Zaragoza parte de lo que es.

En las necrológicas y semblanzas mortuorias que se publican en la web y en el papel ya se han glosado los datos enciclopédicos que justifican el homenaje y que dan cuenta de las dimensiones de la pérdida. No redundaré. No necesito recordar al músico de culto de El Niño Gusano y La Costa Brava, ni al apreciado poeta, ni al vocacional contador de historias en forma de cuentos. Por todas esas cosas pasará a la historia de la cultura pop de este país, pero no son esas las obras que le han hecho parte irrenunciable de la esencia de Zaragoza.

Es su presencia, su incansable presencia nocturna la que dejará la huella más profunda en la ciudad. Incluso para quienes no le tratábamos, para quienes Algora solo era un "ey-qué-tal-va-todo-bien-me-alegro-hasta-luego", era un tipo crucial. Me refiero a los que nos encontramos a ciertas horas por ciertos bares. Algora siempre estaba en ellos, pinchando músicas estrambóticas y no siempre divertidas ni bailables, con una erudición pop apabullante. Te lo tropezabas en todas partes, todo el mundo le saludaba, todos sabían de su vida y de sus andanzas. Cuando alguien escriba unas historias crápulas de las noches de Zaragoza, Algora ocupará un sitio de honor.

Tan intensa y constante era su presencia que acabó, como era lógico, montando un bar. El Bacharach se convirtió visto y no visto en una referencia noctámbula inevitable. Por allí pasaba todo el mundo. Tanto era así, que muchas noches era imposible entrar: parecía que la gente iba a salir despedida por la cristalera, que el bar iba a reventar de éxito. A veces, pinchaba él. Otras muchas, sus amigos: ex niños gusanos, costabraveros, melómanos del surf... Fauna popera y variada.

Ahora ya no nos lo cruzaremos por la noche. Ya no nos toparemos con un conocido a las tantas de la mañana que nos diga: "He visto al Algoritmo pinchando en tal sitio".

Sus admiradores y amigos lo sienten mucho y así lo testimonian. La noche zaragozana lo va a sentir mucho más.

DEL SUSPENSO AL SOBRESALIENTE

. 8 jul. 2008
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Supongo que pasará en todos los saraos internacionales en los que se imponga a los participantes un pie forzado (en este caso, por si no se habían enterado, el pie forzado es el agua). Se parece mucho a una clase escolar que tiene que hacer un ejercicio sobre un tema. Hay alumnos que siguen a rajatabla el pie forzado, tanto, que resultan planos e insustanciales. Son correctos aunque sosos, el profesor no puede suspenderles, pero tampoco puede ponerles una nota muy alta. Los hay que se limitan a cubrir el expediente, salvando los muebles de forma chapucera e improvisada. Estos están al borde del suspenso. Otros alumnos se pasan el pie forzado por el forro y escriben lo que les da la gana, porque ellos están en la clase sin interés por lo que se hace en ella. Algunos miembros de este grupo pueden salvarse del suspenso en función de la jeta que le echen: si su desparpajo y cara dura son medianamente ingeniosos y hacen gracia al profesor puede que se libren.


Pero todos conocemos a ese grupo o a ese alumno privilegiado que aúna inteligencia, talento, capacidad de trabajo e imaginación en un mismo coco. Es ese tipo que coge el pie forzado pero lo reinterpreta a su manera y a su estilo, aunque sin pervertirlo un ápice. Trasciende las exigencias del ejercicio y, apoyándose en el pie forzado, crea una obra significativa, profunda e incluso emocionante. Son los estudiantes de matrícula de honor.

En la Expo se pueden encontrar participantes-alumnos de todos esos grupos.

Entre los alumnos que se han ceñido estrictamente al tema del agua pero sin esforzarse por aportar nada medianamente atractivo u original están -en mi humilde opinión- Portugal, Francia y algunos de los países englobados en el pabellón de América Latina. Portugal ha resuelto el espacio hablando de sus ríos, que nacen en España, con una serie de fotografías y paneles. Francia ha llenado de juegos interactivos sus dos pisos de pabellón y, en un primer momento, parece que se lo ha currado mucho, pero después de tocar unos cuantos cachivaches y sentir lo que siente una gota al ser desalada, uno se queda con la sensación de que lo que realmente hay ahí es un stand de promoción turística de los departamentos pirenaicos, con folletos por todas partes. Están bien, pero uno no puede evitar pensar que falta algo. Incluiría en esta categoría de "notable bajo" a Bélgica (pese a las fantásticas cervezas que sirve en su bar, y que le hacen merecedora de una nota mucho más alta) y a Polonia. Ojo, que no es que los ejercicios de estos alumnos estén mal. Es que, estando bien, da la impresión de que podrían estar mucho mejor.

China sería un buen ejemplo de ese grupo que hace el ejercicio deprisa y corriendo. ¿De qué va esto, de agua? Pues venga, rápido, móntenme unas cuantas cosas acuáticas con muchas pantallas y acabemos pronto. Parece que la compleja relación que una cultura rica y milenaria como la China ha tenido con sus larguísimos ríos y sus épicas inundaciones monzónicas, con sus campos de arroz, sus embarcaciones tradicionales y con todo lo que se les venga a la cabeza, daba para algo más que para unas cuantas pantallas que ni siquiera son interactivas (en una Expo donde todo es táctil y juguetón). China aprobaría por los pelos.

Entre los jetillas que pasan de todo pero aspiran a que su cara dura caiga simpática al profesor están Malta, Qatar y Lituania, con desigual valoración. A Malta le daría, sin duda, un suspenso: su pabellón no es más que un stand de Fitur, de promoción turística del país. El tema del agua no aparece ni mirándolo del revés. Han ido a vender los encantos turísticos de su país y lo demás se la trae al fresco. Podían haber disimulado un poco, como han hecho otros países.

Qatar y Lituania, en cambio, aprobarían por salerosos. La escuela es así de injusta: hay que contar con el humor subjetivo del profesor, que favorece a quien le cae simpático, aunque probablemente no lo merezca académicamente. A Qatar le salvan sus altísimos azafatos qataríes vestidos de blanco inmaculado. Mis amigas dicen que están buenísimos. Punto a su favor. A Qatar también le salva el té que sirven gratis y la tontería de que te escriban tu nombre en caracteres árabes, con una caligrafía preciosa. Una licencia de feriante de pueblo que siempre triunfa.

Lituania se libra del suspenso porque, aunque tampoco ha sido muy escrupuloso con el pie forzado y ha venido a Zaragoza a vender sus lindezas turísticas (y sus gestas baloncestísticas), es el pabellón ideal para toda la familia. La fuente de su interior, idéntica a la que hay en la plaza temática Oikos, es el entretenimiento perfecto de los niños. Y mientras los chavales se remojan y corretean entre los chorros, los papás pueden reponer fuerzas con una fantástica cerveza lituana o con un vaso de sidra de pera, que ya he mencionado en este blog como una de las mejores cosas que se pueden probar en la Expo. El bar, integrado en el pabellón, tiene muy buen ambiente.

Por último, entre los que merecen el sobresaliente, hay dos que, a mi juicio, pueden disputárselo: Marruecos y Tailandia. Muy en especial, Marruecos.

Los vecinos del sur del Estrecho no solo han creado un agradabilísmo espacio moruno-andalusí con sus columnas y sus arcos de herradura, que se agradece con la canícula, sino que, como alumnos aplicados, han trascendido el pie forzado del agua y lo han reinterpretado. Así, han traído una estupenda exposición de cerámica del Rif y de otras regiones marroquíes para ilustrar de una forma estética, histórica y dramática la relación que los marroquíes han tenido con el agua: vasijas y cántaros que han cruzado el desierto y las ásperas montañas y que han marcado un modo de vida. Una agradable sorpresa muy bien pensada.

Con Tailandia, el profesor dudaría si ponerle un sobresaliente o dejarlo en notable alto, porque la verdad es que algunos aspectos de la presentación dejan un poco que desear, museísticamente hablando, pero se agradece mucho el esfuerzo que han puesto en otros detalles. De hecho, dudo muchísimo si incluirlo aquí, porque lo cierto es que no tengo muy claro qué es lo que de verdad me ha gustado. Supongo que el trono que van a regalar a la ciudad (¿dónde lo pondrán?) y la escultura del Árbol del Agua. Las barcas de transporte fluvial expuestas son muy interesantes. Es pobre, cierto, y los maniquíes de la entrada dan un poco de mal rollo, pero uno sale de allí con una buena sensación.

Aunque parezca mentira, todavía no he visto todos los pabellones, así que conforme los vaya viendo, los incorporaré a alguna de estas categorías. ¿Y vosotros? ¿Qué notas pondríais a los pabellones que habéis visitado? Sin cortaros, que las notas son subjetivas, no tenéis por qué coincidir ni con mis apreciaciones ni con las de nadie. Por supuesto, me reservo el derecho de cambiar de opinión en sucesivas visitas, según el talante del día.
Fotos: Oliver Duch, Noelia San José, Pedro Etura.

DOCTOR JEKYLL Y MR. HYDE

. 7 jul. 2008
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La Expo, ya se habrán dado cuenta, es como Jekyll y Hyde. Jekyll de día y Hyde de noche. Al principio, creía que la transformación se debía al brebaje cervecil que se consume en Fluvivaso, pero ahora me inclino a pensar que la poción mágica es la sidra de pera que sirven en el pabellón de Lituania. Pruébenla y me cuentan qué tal.

Ya sé que en la novela de Stevenson Jekyll es un respetado burgués londinense, un docto caballero que fuma en pipa y lee junto al fuego. Pero vivimos donde vivimos, y Jekyll solo puede ser un señor de mediana edad, con pantalones cortos (cómodos y frescos para la solana) que viaja con una corte de variada extensión. La versión más reducida de esa corte es la compuesta en exclusiva por su señora, y la más amplia, por su señora, numerosa prole (desde el adolescente enfurruñado al criejo saltarín), padres, suegros y cuñados.

Jekyll calza chancletas y una camisa de manga corta, la misma que luce otros veranos en Salou a la caída de la tarde, cuando toca tomar la cerveza vespertina en el paseo. Jekyll es socarrón, le escandalizan los precios de algunas cosas (de casi todas, para qué engañarse) y disfruta de lo majo que está todo. Jekyll le da a la Expo ese aire diurno tan de andar por casa, tan entrañable, tan pachanguero, tan de vermú de pueblo.

Pero, cuando cae la noche, en la Expo reina Hyde.

Este Hyde tampoco es el Hyde de Stevenson. No asesina, no da miedo, no se escurre por los antros y callejones del East End. Este Hyde es algo más joven que Jekyll. Viste informal, pero procura dar el pego y con un toque de modernidad. A las once de la noche, mientras Jekyll, desfondado y roto de recorrer pabellones, se retira a un merecido descanso, Hyde entra en Ranillas más fresco que un pimpollo. Se cruza con Jekyll, que arrastra los pies, y le sonríe desde su frescura noctámbula.

Hyde pasa de los pabellones y pide una cerveza. Ronda el Balcón de las Músicas, el Auditorio, cualquier rincón donde se escuche música y se pueda alternar. Se apoltrona en la terraza del Acuario con un cóctel de 20 euros en la mano, ligotea con una congénere en un recoleto banco a la orilla del Ebro o ataca un plato de sushi, palillos en ristre, en el restaurante de Japón (muy recomendable, por cierto: pidan un sushi lo más variado posible y gozarán tanto que no les dolerá mucho la cuenta).

Hyde tiene pase pernocta y disfruta de esa Expo nocturna con otros ritmos menos familiares que los diurnos.

Había un canal de televisión por cable que emitía videoclips de música comercial por el día y rock and roll algo más cañero y alternativo por la noche. El lema del canal era (leer con voz de locutor británico): "Smooth by day, rock by night" (tranquilo de día, rockero de noche). Así es Ranillas también.

Tenemos dos Expos en una, y en ninguna hay Fluvis. Yo, la verdad, lo agradezco: siempre he compadecido a quienes tienen que embutirse en esos trajes de mascota, y más con esta chicharrina.

Elijan con cual se quedan. O hagan como yo y no elijan: aprendan a disfrutar de ambas. No dejen que les obliguen a decir si quieren más a papá o a mamá.

DENTRO DE 50 AÑOS

. 2 jul. 2008
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Estaba en un duermevela de sofá viendo un documental del Canal de Historia (que para sestear sirven tanto como los de La 2), y al abrir el ojo legañoso vi un recinto familiar: un teleférico, carcasas de ovni parecidas a las plazas temáticas y gente paseando con garbo y entrando y saliendo maravillada de pabellones con nombres de países.

Dios mío, ¿tanto he dormido?, me pregunté. ¿Ya han pasado cien años y estoy viendo un documental histórico sobre la Expo? Me froté los ojos maldiciendo mi proverbial sueño profundo y me fijé en las imágenes. Sí, se parecía todo mucho a la Expo. Muchísimo, pero la gente vestía raro. Parecían figurantes de una peli de gansters, con unos peinados anticuadísimos y unos modelitos del Pleistoceno. Le di volumen y enseguida me enteré de que aquello era un documental sobre la Expo de Bruselas de 1958, de la que ahora se cumple medio siglo y, al parecer, los belgas están celebrando la efeméride con alegría (con alegría belga, cuidado, nada de salirse de madre).

Fue una Expo importantísima, pues fue la primera que se celebró tras la Segunda Guerra Mundial, y marcó un momento de disensión en la Guerra Fría. Estos belgas, siempre tan conciliadores y diplomáticos.

Al ver aquellas grabaciones en technicolor me pregunté: ¿es que todas las "expos" se parecen? ¿Es que todas tienen formas métálicas, sinuosas, marcianas y coloreadas? ¿Todas tienen ese aire de parque de atracciones futurista? En serio, esas secuencias de Bruselas en 1958 recordaban mucho a Ranillas en 2008.

Y como con el Canal de Historia, además de sestear, se aprenden cosas, pude apreciar en su magnificencia el Atomium, el legado más importante que aquella Expo dejó en el paisaje de la capital belga. Es, como su nombre indica, un gigantesco átomo de metal, con sus protones y neutrones y las cosas que dicen que tienen los átomos, y a su vera, los bruselenses se juntan para ver conciertos y disfrutar del fenomenal parque que hoy es lo que fue el recinto de la exposición.




No sé cómo se lo tomarían sus contemporáneos, pero erigir un monumento al átomo como reclamo principal de un sarao universal en plena Guerra Fría (sí, hombre, acuérdense: el botón rojo, los refugios subterráneos, la destrucción mutua asegurada y todas esas cosillas) no me termina de parecer de buen gusto.

Pero qué sabré yo. En 1958 la gente estaba hecha de otra pasta: veían pelis de gansters, fumaban tabaco negro y bebían bourbon sin hielo y de trago. No se les asustaba con cualquier cosa.

¿Cómo nos verán dentro de 50 años? ¿Qué legado perdurará de la Expo de Ranillas? ¿Dónde celebraremos el 50 aniversario? ¿En la Torre del Agua, en el Pabellón Puente, en un recuerdo virtual de ambos edificios? ¿Pensarán los sedientos terrícolas de dentro de medio siglo, asolados por el cambio climático, que la elección del tema del agua y el desarrollo sostenible no solo fue de pésimo gusto sino de un sarcasmo inaguantable?

Habrá que ver.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

. 1 jul. 2008
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No negaré que las multitudes y el calor de la masa tienen su punto. Mezclarse con el mogollón, devorar decibelios y corear estribillos verbeneros puede estar bien para un rato, pero los que tenemos el temperamento tirando a asténico preferimos un rincón donde no se nos exija adhesión hitleriana a las consignas grupales. No somos de óperas, sino de recitales de cámara.

Por suerte, la Expo es para todos los públicos, pero de verdad. No es el "para todos los públicos" hueco y complaciente que en realidad quiere decir que solo es para un determinado tipo de público: familiar, pequeñoburgués, timorato, asustadizo, monocorde. La Expo se ha hecho propósito serio de ser para todos los públicos, y en lugar de aplanar sus propuestas hasta reducirlas a una mínima expresión inane, las ha diversificado. Todos los públicos están ahí, pero cada uno en su espacio. Como debe ser.

El Balcón de las Músicas se ha convertido en un refugio para uno de esos públicos que conforman el "todos los públicos" global. Hay cuatro o cinco espectáculos diarios, pero el mejor suele ser el último, pasada ya la medianoche. Para esa hora -la mejor hora para un concierto de esas características-, Chema Fernández ha escogido una serie de delicatessen sonoras que trasladan a Ranillas el espíritu de La Casa del Loco, tal y como lleva unos años haciendo en la Lonja medieval de Sos del Rey Católico con el festival Luna Lunera.

Pequeñas delicias del panorama internacional para los amantes-degustadores de músicas sinceras, sin costra comercial: una galería de artistas de culto exquisitamente escogidos que tocan todos los palos de la música popular.

Su aforo es de 400 personas, pero yo todavía no lo he visto lleno. Estamos cuatro gatos, disfrutando de la brisa (a veces, un punto huracanada: a Dayna Kurtz casi la dejan afónica la otra noche) y del espectáculo. Las mismas caras que solemos vernos en La Casa del Loco, todas sonrientes, satisfechas de que la Expo no se haya olvidado de nuestros gustos y no nos haya abandonado en medio del habitual secarral musical en el que se transforma Zaragoza en cuanto empiezan a apretar los calores.

Por ahí suele aparecer el crítico Gonzalo de la Figuera, con mucho trabajo estos días, pero feliz, porque siempre se le ve feliz en los conciertos, y por ahí asoma el comando itinerante del Colectivo Anguila, que está haciendo una serie de retratos de los artistas que pasan por el balcón hechos en el camerino, cinco minutos antes de que salten a escena. Me dijeron un día que pasara con ellos a conocer a la cantante que tocaba ese día -de la que soy fan-, pero mi timidez atávica me retuvo en el asiento, con mi cervecita en Fluvivaso.

Siempre se repite la misma mecánica: el balcón parece concurrido en el arranque del concierto, pero tras las tres primeras canciones, los curiosos que pasaban por ahí se aburren y nos quedamos los cuatro gatos incondicionales. Conciertos cuasiprivados. Supongo que serán una ruina caracolera con tan poquitos adeptos, pero la Expo solo se vive una vez. Lo tomaremos como un regalito veraniego.

Qué noches las de este año, amigos. La brisita del Ebro, una cervecita en Fluvivaso, viejos amigos y conocidos por compañía y un elenco de artistones internacionales regalándonos nuestros privilegiados oídos.

La Expo acaba de anunciar que va a crear una entrada solo para espectáculos nocturnos, más barata. Todo un acierto, porque lo que pasa en la Expo cuando se va el sol es de lo más interesante. No se me ocurre mejor sitio en Zaragoza donde disfrutar de las veladas de verano.

Disfrútenlas ustedes también.

¿De qué va este blog?

El asombro cotidiano de alguien que se siente turista en su propia ciudad. Armado con una cámara, el periodista de HERALDO Sergio del Molino capturará fotos y vídeos de la ciudad de la Expo (e incluso de la propia Expo) y los servirá aquí aliñados con sus balbuceos de hombre asombrado ante el progreso. A veces, en pequeñas dosis, como una tapa de anca de ranilla. Otras veces, en plato grande, hasta el hartazgo.

Podéis comentar cada entrada con libertad, pero el autor del blog se reserva el derecho de moderar las intervenciones, por eso pueden tardar un tiempo en aparecer en la página.

¿Quién lo escribe?

¿Quién lo escribe?
Sergio del Molino