ZARAGOZA, CIUDAD SORIANA

. 31 ago. 2008
5 comentarios

Ayer domingo se vivió el gran día soriano en la Expo, con ese enorme concierto de Ana Belén, Víctor Manuel, Urrutia y Nuevo Mester de Juglaría (¿me dejo a alguien? Seguro que sí, soy muy despistado, no me lo tengan en cuenta) en el que se invocó al fantasma de un poeta que no era soriano pero que se dejó el alma en la ciudad del Duero, Antonio Machado.

En realidad, Soria lleva unos días dejándose ver mucho en la Expo, con una programación variada e interesante, y hay que alegrarse de que así sea. La Expo se habría quedado coja sin la presencia de la provincia vecina. Al fin y al cabo, Zaragoza es la ciudad soriana más grande: hay más oriundos de la provincia castellana viviendo en la capital aragonesa que en Soria.

¿Se imaginan un relato de Nueva York que prescindiese de su herencia italiana, con su mafia y sus restaurantes; o que uno de Buenos Aires silenciase a sus gallegos, o una novela de Marsé en una Barcelona sin andaluces, murcianos y aragoneses -es decir, sin charnegos-? Pues una Zaragoza sin sorianos se quedaría igual de coja, pero parece que nadie se termina de dar cuenta.

Lo cierto es que yo también me he sorprendido de este protagonismo soriano en Ranillas. Y supongo que no seré el único que no repara habitualmente en esa presencia soriana, aunque en la misma redacción donde trabajo haya algunos ejemplares notables de "homo sorianensis". Es lo que pasa cuando no se tiene un acento llamativo, ni una lengua propia, ni otros rasgos "diferenciales". Si en vez de sorianos fueran andaluces, Zaragoza celebraría el Rocío como en Nueva York se celebra el "Columbus Day", tradicional jornada de reafirmación italoamericana. Pero como al tacto, a la vista y al oído, un soriano apenas se diferencia de un zaragozano con pedigrí, su presencia pasa desapercibida.

Pero haberlos, haylos. La comunidad soriana en Zaragoza está integrada por decenas de miles de discretos trabajadores: la capital aragonesa era el foco urbano más accesible para quienes huyeron del campo buscando una oportunidad laboral en la ciudad, y en sus calles acabaron echando raíces. Tanto, que si el mundo del fútbol fuera de otra forma, el ascenso del Numancia a Primera División podría compensar un poco (un poco, solo un poco, no empiecen a sulfurarse) el descenso del Zaragoza a Segunda.

Ayer los sorianos disfrutaron de su gran fiesta. Quizá es el primer gran homenaje que su ciudad de acogida les concede, y debería ser el primero de muchos. A través de los sorianos trasplantados a Zaragoza, los versos de Machado parecen hablarle también al Ebro. Con lo que le gustaban los ríos al viejo poeta del 98, que los usaba como metáfora universal y clásica del discurrir de nuestras vidas, que se escapan cuesta abajo sin que lleguemos a entenderlas. Seguro que a Machado le hubiera gustado pasear por las nuevas riberas del Ebro. Seguro que le habrían inspirado unos versos.

Una ciudad no está hecha de esencias ni de fundaciones puras. Una ciudad está hecha de suciedad, de todas las deposiciones que la historia y sus habitantes han dejado en ella. Ése es el poso de los siglos, que está lleno de mugre y de capas. Y es esa mugre la que toda ciudad sana y jolgoriosa debe reivindicar. Por encima de mitos fundacionales y de prístinas hazañas, una ciudad se compone de muchas ciudades, encabalgadas unas en otras, hasta crear la personalidad multiforme y enmarañada que percibe el paseante. Sin mezcla y sin cruce de legados las ciudades se mueren en su propio aburrimiento, se convierten en "burgos podridos".

Zaragoza, que no es ni por asomo uno de esos burgos podridos, hace bien en reivindicar las varias Zaragozas que se ensucian y contaminan entre sí. Una de las Zaragozas posibles es la Zaragoza soriana, y al resto de Zaragozas posibles les está sentando muy bien reencontrarse con ella. Ya saben que sólo somos capaces de reconocernos en el otro, es el único espejo posible.

Si los neoyorquinos se sienten irlandeses el día de San Patricio, los zaragozanos podemos sentirnos sorianos por un día también. Yo voy a untarme una buena rebanada de mantequilla soriana y a zamparme una torta del Beato de las que hacen en El Burgo de Osma y unas paciencias de Almazán para celebrarlo. A su salud.

¿ALIANZA DE CIVILIZACIONES?

. 30 ago. 2008
2 comentarios


Jorge Romance, colega de Informativos en Aragón Televisión y bloguero pertinaz, publicaba en su bitácora el otro día esta foto (que yo tomo prestada con nocturnidad y alevosía. Gracias, Jorge, espero que no te importe). Es un momento de la crónica que enviaba desde la plaza del Pilar la corresponsal del canal en árabe de Associated Press Television (AP), con motivo del concierto que acababa de dar en la Expo la Orquesta Nacional de Omán.

El Pilar de fondo y una reportera con chador en primer término. Si eso no es alianza de civilizaciones, que venga Zapatero y lo vea.

Debates sobre la conveniencia de llevar o no pañuelo en público y disquisiciones sobre machismos atávicos al margen (AP es una agencia de capital estadounidense que confecciona informaciones en las principales lenguas del mundo, no hay la más leve sospecha de integrismo en ella), esta es una de las estampas que nos deja la nueva Zaragoza que estamos viendo en plena transformación.

Jorge Romance aprovechó la imagen para hacer una disquisición sobre la falta de variedad cultural y étnica que se ve en la televisión española en general, donde la presentadora más exótica que ha habido ha sido Francine Gálvez. En la misma Francia (la multicultural Francia) se armó la Marimorena cuando el informativo de la noche de TF-1, líder de audiencia en el país, empezó a ser presentado por un periodista negro. Me refiero al color de su piel, no a que fuera un periodista a sueldo de Ana Rosa Quintana. En fin, más grave e ilustrativo es el caso de la televisión mexicana, donde más del 90% de los que salen en sus pantallas son blancos, tirando a rubios y de porte casi escandinavo, en un país donde la gran mayoría de la gente que uno se cruza por la calle es indígena o mestiza.

Me gustaría entrar en ese debate, pero creo que se sale un poquito de los márgenes impuestos a este blog. Por lo que a Ancas de Ranillas concierne, solo dejo constancia de esta curiosa estampa que, con el tiempo, quizá deje de resultarnos exótica.

DE CINE

. 27 ago. 2008
3 comentarios

¿Cine en la Expo? No hay mucho, aunque tampoco lo esperaba nadie. En eso, sigue el ejemplo de la ciudad anfitriona, un secarral para los cinéfilos donde se alternan las noticias sobre el cierre de salas históricas con las que anuncian la apertura de monstruosidades suburbanas para estrenos inanes y pretendidamente "para todos los públicos" (ya escribí en este blog una entrada sobre el significado de ese cliché. Reléanlo pinchando aquí, si lo desean). Pero en Ranillas, si uno escarba un poquito, encuentra pequeñas gemas, de brillo débil, aunque apreciable. Lo mismo sucede en Zaragoza: en cuanto se escarba un poco en la arena del secarral, el agua brota. Sin la fuerza de un géiser, claro, pero lo bastante como para refrescar al cinéfilo sediento.


El rey de Ranillas se llama Carlos Saura. Reina en solitario, sin cortesanos y sin competencia, ya que es el único realizador de renombre que ha elaborado una obra en exclusiva para la Expo. Si todavía no la han visto, corran al pabellón de Aragón, siéntense a la fresca, y disfruten. No sé si la película tiene título. Desde luego, no aparece recogida en la filmografía oficial del autor y todos los reclamos se refieren a ella como "el audiovisual de Saura".

Mala cosa este desdén genérico, y no sé hasta qué punto es indicativo del aprecio que merece por parte de su autor y de los que la han financiado y la proyectan. Sin embargo, estas menudencias no ensombrecen el reinado absolutista de Saura: ese documental que se proyecta en bucle durante todo el día en varias pantallas no será el mojón más brillante de su carrera, pero Saura es mucho Saura.

Porque el resto de propuestas fílmicas de Ranillas no son comparables ni por asomo. Sin ambiciones artísticas, la mayoría son entretenimientos espectaculares, atracciones de feria, alardes de técnica, pero no necesariamente de ingenio. La proyección en 4D de Kuwait es muy celebrada, y la curiosa fábula que se proyecta en el pabellón de Polonia suscita muy variadas reacciones. La más normal, la extrañeza.

Aunque para extrañeza, la de los visitantes del pabellón de la vecina Navarra, que ven cómo unas pantallas que ocupan las cuatro paredes del recinto ofrecen testimonios de personajes navarros (el más famoso, Indurain) explicando en castellano o en euskera cómo reciclan y ahorran agua. Los visitantes nos miramos unos a otros con cara de pan sin cocer: "¿Ya está? ¿Esto es Navarra?", nos preguntamos. Pues eso parece.

No sé si el inclasificable "Iceberg" de Calixto Bieito podría considerarse alguna forma de cine. Trozos de película tiene, desde luego.

Interesante -y retorcidamente cinéfila- es la adaptación teatral del buñuelesco (de Buñuel, no de buñuelos) "El ángel exterminador", que se pudo ver en el Palacio de Congresos.

Aunque son El Faro y la Tribuna del Agua los que están programando propuestas verdaderamente interesantes y directamente relacionadas con el tema de la muestra. Son documentales de denuncia y reflexión sobre los problemas del agua en el mundo. Esta semana, sin ir más lejos, se ha presentado "Vivir sin agua", una cinta del realizador zaragozano Javier Macipe que se acerca a las vidas de personas que viven en Zaragoza sin acceso a agua corriente.

Todo esto está muy bien, sin duda, y demuestra que el mundo del celuloide no está ausente de la Expo. No debería estarlo, habida cuenta de que en Zaragoza se rodó la primera película de la historia del cine en España. El séptimo arte forma parte del patrimonio de la ciudad.

Pero si ustedes quieren ver buen cine, bueno-bueno de verdad, y lo quieren hacer a la fresca, en pantalla grande y rodeados por silenciosos desconocidos con los que comparten afición, aléjense de Ranillas y de los multicines de los centros comerciales que sitian la capital aragonesa. En este extrañísimo mes de agosto que agoniza no solo hay muchos turistas y bares abiertos, sino una actividad cultural de primer nivel, pero tienen que hacer un esfuerzo y buscarla en una pequeña y escondida plaza del Casco Histórico: en la Filmoteca de Zaragoza.

Otros años, la pequeña filmoteca de la ciudad cerraba en agosto, pero este 2008 ha permanecido abierta y alerta. Actualmente, proyecta un ciclo del grandísimo David Lean y, al mismo tiempo, programa pequeñas películas independientes de los dos últimos años que no fueron estrenadas comercialmente en Zaragoza. Y en versión original subtitulada, por supuesto.

La Filmoteca de Zaragoza es una de las muchas cenicientas culturales de la ciudad. Prácticamente desconocida, salvo por un puñado de irreductibles, se mantiene contra viento y marea en un rincón del renacentista y sobrio Palacio de los Morlanes. Es una filmoteca de mínimos, casi un cine-club de amiguetes, pero precisamente ahí radica su encanto.

Comparada con otros ejemplares de su especie, parece casi un insulto a los zaragozanos. Conozco muy bien la Filmoteca Española (casi viví unos años en ella, entre las butacas del decadente Cine Doré de Madrid), y también la de Cataluña y la de Valencia (que ocupa otros bellos y desastrados cines junto a la plaza del Ayuntamiento), y la pobrecita sala de proyecciones de Zaragoza no puede aspirar ni a ser sombra de ninguno de esos tres templos cinéfilos.

Esto podría ser motivo de denuncia e indignación. Sin duda, Zaragoza se merece una filmoteca a la altura de una ciudad que aspira a ser la tercera de España (Belloch dixit), pero a mí lo que me provoca esta situación son ganas de aplaudir. Porque con unas instalaciones mínimas, una escasísima repercusión en la oferta cultural de Zaragoza, un presupuesto probablemente irrisorio y unos horarios tempraneros que ahuyentan a los más golfos y noctámbulos, la Filmoteca lleva años manteniendo una programación mucho más que digna y coherente, que mantiene un buen equilibrio entre lo clásico y la vanguardia, y resulta atractiva tanto para quienes quieren iniciarse en el séptimo arte como para quienes, siendo sabios duchos en él, buscan esas joyas perdidas que no están en E-mule. Contra viento y marea, la Filmoteca se mantiene firme. No importa qué partido lleve el timón municipal (ni el PP ni el PSOE han demostrado nunca interés por ella), la institución resiste y sigue dando gusto a su reducida parroquia. ¿Proverbial tenacidad aragonesa? Yo prefiero hablar de profesionalidad y de sensibilidad.

Vayan a ver una peli (es muy barato) y gozarán del último reducto verdaderamente cinéfilo que queda en una ciudad que ha dejado derrumbarse todos los demás templos del séptimo arte que había en sus calles.

CUATRO HORAS

. 26 ago. 2008
3 comentarios

Cuatro horas, una menos de las que ese personaje de Miguel Delibes pasó con Mario. Ese es el tiempo de espera que han llegado a marcar los pabellones de Japón y de Alemania. ¿Saben la cantidad de cosas que se pueden hacer en cuatro horas? Pues fíjense:

En cuatro horas llegamos a Málaga en AVE desde Zaragoza. O vamos y venimos a Barcelona en ese mismo AVE.

En cuatro horas, un cinéfilo se puede ver dos peliculones protagonizados por Bogart: Casablanca y El sueño eterno. Y después de ese empacho de cine clásico todavía le sobran cuarenta minutos (¡cuarenta minutazos!) que puede emplear en montar un cine-fórum, o en verse dos capítulos de Los Simpsons.

En cuatro horas se pueden escuchar cinco discos y tres canciones de música pop de duración estándar. O lo que es lo mismo: unas ochenta canciones.

En cuatro horas, un adolescente se enamora, tiene una relación, discute y la rompe. Y le sobra tiempo para contárselo llorando a su mejor amigo.

En cuatro horas, un senderista no excesivamente avezado recorre más de veinte kilómetros.

En cuatro horas, un avión cubre la distancia que separa Madrid de Moscú.

En cuatro horas, un lector medio, ni rápido ni lento, se lee la mitad de una novela de Galdós. De las gordas.
En cuatro horas se cocina una cena de Nochevieja para veinte comensales, asado incluido, y sobra tiempo para ducharse y cambiarse de ropa para la velada.

En cuatro horas, se pueden ver doce capítulos de Los Simpsons. O de Friends. O de cualquier telecomedia al uso. Eso sí, sin anuncios de por medio.

En cuatro horas se ven seis conciertos de los que se programan en El Balcón de las Músicas.

En cuatro horas, un asalariado medio llega al ecuador de su jornada laboral.

En cuatro horas, un cirujano experto ejecuta un transplante de riñón.

En cuatro horas se pueden hacer tantas cosas que perderlas en una fila parece inconcebible. Llámenme criticón, señoritingo o lo que ustedes quieran, pero creo que muy pocas cosas en esta vida merecen una fila de cuatro horas, y por muy orgullosos que estemos de la Expo y por muy bien que nos lo pasemos en ella, creo que no hay nada en Ranillas que merezca cuatro horas de fila. Pero claro, les está hablando de alguien que nunca se ha plantado en la puerta de un cine el día de un gran estreno y que nunca ha pernoctado a las puertas de un estadio para conseguir entradas para el concierto de su vida (que creo que está por llegar aún). Así que no me hagan mucho caso.

¿Cosas que creo que merecen cuatro horas de extenuante fila? Ahí van algunas:

Billetes gratis para un viaje a la Luna.

Billetes gratis para un viaje alrededor del mundo (soy conformado, ya lo ven).

Una noche íntima y desnuda en una villa toscana con la Claudia Cardinale de los años sesenta (la de otras décadas no me vale).

Un concierto privado de los Rolling Stones para mí y mis amigos.

Un plato del cocido madrileño de mi madre.

Un plato del cocido madrileño que yo hago en versión libre inspirada en la de mi madre.

Una liquidación total de hipoteca.

Una toma de contacto con naves extraterrestres.

La cuadratura del círculo y el secreto nunca descubierto de los alquimistas (también me vale la fórmula de la Coca-cola).

Firmar un documento que me declare heredero de Bill Gates.

Firmar un documento que me declare hijo adoptivo (y heredero) de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Un apartamento en Torrevieja, Alicante.

Por menos que algo equiparable a cualquiera de estas cosas no hago cuatro horas de fila. Así que no se compliquen: si la fila se alarga y no hay "fast pass" a la vista, pasen de ella, pídanse una cervecita o un vinito fresquito y disfruten de la animación callejera de Ranillas, que a la fresca se goza divinamente. Y Japón y Alemania que se las compongan como puedan.

EL MERCADILLO DE LA INDIA

. 25 ago. 2008
0 comentarios


Autenticidad. Esa es la palabra. El pabellón de la India es auténtico. Porque no engaña, porque no tiene trampa ni cartón, porque lo que hay es lo que ves.

La gente que lo visita lo recorre con cara enfurruñada. ¿Ya está?, parecen decir. ¿Un póster del Taj Mahal, un tenderete con artesanía, unos tipos que te hacen masajes y tatuajes y un pequeño restaurante sencillo y sin alharacas? ¿Ni una pantallita táctil, ni un discursito sobre el agua del Ganges, ni un cacharrito interactivo con el que jugar? Así es. En la India no hay protocolos ni engañifas ni lucecitas de colores: pase, compre, coma, dese un masaje y siga su camino.

Se ven las tuberías y las tramoyas del pabellón, apenas hay decorado, y las baratijas se exponen en cajas de cartón en el suelo, como en un mercadillo callejero. A muchos puede indignarles, pero a mí me encanta. Me cautiva su aire de bazar y su absoluta falta de pretensión. En una Expo donde cada país compite con los demás como ciervos en berrea por ver quién es el más molón y quién gasta más euros en los montajes, los indios cogen un par de sillas de plástico y se sientan a ver pelis de Bollywood. Genial.

Porque eso sí que no falta: una buena pantalla de plasma con un canal de Bollywood a toda pastilla. Quédense un rato a verla: las coreografías son hipnóticas.

Lo mejor, sin duda, el restaurante, que tampoco tiene pretensión alguna. Comida sencilla del país asiático, un repertorio de sabores picantes (no mucho, en eso sí que han hecho concesiones a las papilas occidentales) acompañados por arroz basmati cocido en su punto. Y a precios populares (al menos, populares en relación con lo que se cobra en otros pabellones y chiringuitos). Los camareros destilan hospitalidad hindú y dan ganas de quedarse con ellos toda la tarde viendo pelis de Bollywood. La verdad es que se está a gusto y la cerveza india Cobra que sirven sabe fresquita y ligera.

Quizá no se ajusta a los cánones, quizá no es lo que uno espera ver en una Exposición Internacional, pero se agradece un toque de espontaneidad de mercadillo entre tanto desparrame tecnológico y de diseño.

AHÍ HICE YO LA MILI

. 20 ago. 2008
1 comentarios

Pilar Estopiñá ha cogido la mala costumbre de invitarme a la tertulia de Amanece en la Expo, el programa que presenta desde el set de ZTV en Ranillas, y esta mañana, mucho antes de que el accidente de Barajas nos quitara las ganas de reír a todos, Javier Miravete, que compartía mesa de debate conmigo, quitó hierro a lo que yo contaba en el post anterior sobre los turistas. "No es para tanto", vino a decir, y subrayó el dato de que solo un 6% de los visitantes de la Expo son extranjeros.

Por supuesto que no es para tanto y por supuesto que ese 6% es un porcentaje ridículo, algo que deberían hacerse mirar en Expoagua, porque no dice nada bueno de la proyección internacional de la muestra internacional (valga el cosmopolitismo), pero mantengo y sostengo que lo que se está viviendo en este agosto que agoniza entre bandazos de cierzo no es ni medio normal. ¿Cuándo habíamos visto a tanto turista por Independencia con su mapita desplegado? De acuerdo, no vienen de Estocolmo ni de Londres y en su mayoría son señores de Albacete o de Barcelona o de Cantabria. Pero es que todo no puede ser. No se puede pasar de la nada absoluta a ser un punto de referencia del turismo mundial. Empecemos por casa, alegrémonos de que al fin el resto de España considera que merece la pena visitar la ciudad que durante tanto tiempo ha ignorado. Si esta afluencia turistera sirve para que se vayan olvidando algunos de los tópicos casposos que pesan sobre Zaragoza (y sobre Aragón en general), bienvenidos sean.

Porque no se me pongan estupendos. No necesito ser cáustico para recordarles a todos que Zaragoza es una completa desconocida en España. Muy pocos saben algo de ella, más allá de que hay una "Pilarica" y de que sus habitantes construyen los diminutivos en "ico" y se llaman "mañicos".

Aunque lo que más pesa es lo castrense. "¿Dónde vive usted, en Zaragoza? ¡Hombre, si allí hice yo la mili!". La de veces que he escuchado esta frase. Con variantes, porque en Zaragoza también pudo hacer la mili un padre, un tío, un hermano, un novio o un amigote perdido en la bruma de los años. Eso es Zaragoza: la ciudad donde se hacía la mili. En fin, algo es algo, menos da una piedra (del Ebro), y gracias a la presencia militar, miles de españoles mantienen una vinculación sentimental profunda con la capital aragonesa. Pero hace años que la mili dejó de existir, y la cantinela de Zaragoza como "ciudad-en-la-que-se-hace-la-mili" empieza a ser un hábito de personas mayores. Los jóvenes españoles ya no tienen esa vinculación con Zaragoza.

Por suerte (sí, creo que es una suerte ser conocido por asuntos culturales antes que por el poderío militar, y muchos convendrán conmigo en eso), para los jóvenes españoles Zaragoza está ligada a otras historias. Es la ciudad de Bunbury, de Amaral, de Los Violadores del Verso. Una ciudad mítica que forjó las carreras de esos ídolos de masas. Pero sigue pesando la otra imagen, la heredada. Los prejuicios sobre Zaragoza como una polvorienta, ventosa y sórdida ciudad provinciana siguen vivos, créanme. Lo he visto en las caras de muchos amigos de Madrid a los que he descubierto una Zaragoza que no esperaban y que han recibido casi hasta con pasión.

En general, Zaragoza gusta al visitante. ¿Cómo no va a gustar? Se tapea estupendamente, sus bares son variados y acogedores, los paseos, gratos, y la historia, apasionante. Especialmente, cuando el relato histórico abandona los grandes tópicos y se adentra por carreteras secundarias: las que llevan a las retorcidas calles del Gancho o a la trasera de la Seo. Pero esa Zaragoza no aparece en el imaginario de los españoles. Para la mayoría, la palabra "modernidad" está reñida con la imagen que tienen de la capital aragonesa. Por eso creo que muchos españoles, gracias a la Expo, están descubriendo una ciudad que no esperaban encontrar.

¿Qué más da que no vengan extranjeros? A mí, por lo menos, me da igual de momento. Me conformo con que, la próxima vez que baje a visitar a mis amigos andaluces, la gente no se refiera a mi ciudad con las cuatro frases de gañán a las que me tienen acostumbrado. Espero que cuando vaya a Málaga, a Santander, a Gerona, a Alicante o a Badajoz, la gente me diga que estuvo en Zaragoza y que le gustó, que disfrutó de una ciudad moderna y abierta cuyas ricas y muy profundas raíces no la han impedido crecer y mirar a otros horizontes. Espero que la Expo termine con la época de los soldaditos y de la gente que hizo la mili. ¿Pido demasiado?

CHANCLETAS Y SANGRÍA

. 18 ago. 2008
0 comentarios


Vuelven las ancas. Las genuinas, las de Ranillas, las remojadas en auténtica y calentorra agua del Ebro. Rechace imitaciones. Me he ido un mes de vacaciones, pero ya he vuelto a mis obligaciones blogueras y tengo el estómago preparado para pegarme un buen atracón de ancas de ranillas de aquí al 14 de septiembre. Gracias por la paciencia, si es que algún lector se ha sentido impaciente: si pueden aguantar las colas del fast pass de la Expo, ¿qué puede suponerles un mes de parón bloguero?

Mientras muchos zaragozanos nos perdíamos por esos anchos mundos, los anchos mundos han seguido empeñados en concentrarse en la Expo. Qué barbaridad, qué gentío, qué de filas, qué calorina. En la puerta de mi casa, un autobús de matrícula francesa lleva tres días aparcado y dando sombra a la acera. Al principio, pensé: qué majo, ha venido tanta gente de tan lejos que ya no les caben los autobuses en los aparcaderos oficiales y tienen que buscar huecos en las calles del centro. Ahora ya no me parece majo. Ahora me preocupa: son demasiados días. ¿Y si el grupo de franceses se ha perdido en la Inmortal Ciudad y no encuentra su autobús? Me preocupa su suerte. Por favor, si ven a unos franceses llorando desconsolados mientras deambulan por las calles, sean compasivos y cómprenles un croissant y una baguette. Que por lo menos estén bien alimentados, no vaya a ser que se tropiecen con un miembro de los Voluntarios de Aragón en plena recreación histórica de los Sitios gritando mueras a Napoleón y al gabacho invasor y les dé un síncope.

Perdónenme, pero es que en Zaragoza estamos muy poco acostumbrados a tanto forastero. Somos nuevos en esto del cosmopolitismo y nos llama la atención ver Independencia, a estas alturas de agosto, llenito (pero llenito de verdad) de turistas con planos desplegados y manteniendo las típicas discusiones de turista:

-Si nous sommes ici, ça c'est Santa Engracia -le dice un ingeniero de Burdeos a su novia de Nantes mientras señala puntitos en su plano.

-Mais, non! Ça c'est ne pas Santa Engracia. Ça c'est El Plata. C'est à dir, "L'argent" en français -le responde la francesita mientras señala al palacio de la Aljafería.

Recuerdo otros agostos yermos. Esos agostos de antaño, donde los cuatro gatos que maullábamos en Zaragoza nos mirábamos de lejos como niños traviesos. Nos dejaban la ciudad para nosotros solos, para que hiciéramos con ella lo que quisiéramos, pero a la hora de la verdad no había nada que hacer. Arrastrábamos los pies junto a los cierres echados de los comercios, abandonados por todos, supervivientes del holocausto veraniego.

Pero este agosto ya no es como los demás. Quizá los locales hayan abandonado la ciudad como siempre y quizá estén en el pueblo, en Salou o recorriendo Nepal en monopatín, pero ya no se nota su estampida, porque su puesto ha sido ocupado por una especie desconocida en Zaragoza hasta este año: los turistas.

Todos con su plano y su look reglamentario (pantalón corto, sandalias, cámara al cuello). Te tienes que apartar para no salir en sus fotos, y disparan compulsivamente a todo lo que se menea. O a todo lo que no se menea, más bien. Al Justicia de la plaza de Aragón le tienen ya frito.

El plan está claro: un día a la Expo y otro día a recorrer la ciudad. Y todos acaban -tontos no son- en la plaza de Santa Marta, que se nos ha puesto imposible a la hora de cenar. Otros agostos, cenábamos en el Dominó o en los Victorinos tan ricamente, pero este año no hay forma. ¿Nos volveremos tan quisquillosos con los turistas como los sevillanos o los madrileños? ¿Les timaremos, les robaremos, les aguaremos la sangría?

Los Héroes del Silencio tienen una canción que se titula Agosto que dice en una estrofa: "Tierra prometida que nos pertenece, / ¿qué más nos da / ser moro o cristiano, / si hay para los dos?".

Pues eso, que aquí hay Zaragoza para todos, y solo hay que pedir a los bares de la plaza de Santa Marta que no descuiden el abastecimiento. Porque si se nos acaban las tapas, entonces sí que se puede armar una buena. Pero mientras haya jamón, todos contentos.

¿De qué va este blog?

El asombro cotidiano de alguien que se siente turista en su propia ciudad. Armado con una cámara, el periodista de HERALDO Sergio del Molino capturará fotos y vídeos de la ciudad de la Expo (e incluso de la propia Expo) y los servirá aquí aliñados con sus balbuceos de hombre asombrado ante el progreso. A veces, en pequeñas dosis, como una tapa de anca de ranilla. Otras veces, en plato grande, hasta el hartazgo.

Podéis comentar cada entrada con libertad, pero el autor del blog se reserva el derecho de moderar las intervenciones, por eso pueden tardar un tiempo en aparecer en la página.

¿Quién lo escribe?

¿Quién lo escribe?
Sergio del Molino