ARQUITECTOS A LA GREÑA

. 30 jun 2008
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El título de esta entrada podría ser una receta de antropofagia tradicional, de esas que recupera Eugenio Monesma en sus documentales, como las patatas a la greña, pero con arquitectos. Pero no, alguien intentó prepararlo una vez y el plato resultó correoso, y un discípulo de Santi Santamaría lo calificó de "prístino ejemplo de esa antropofagia pretenciosa que no queremos en nuestros restaurantes". En lo que a canibalismo se refiere, la gente prefiere comer seres más sencillos. Siento desilusionar a los que andaban buscando en Google una receta para epatar a sus amigos y han recalado en este blog, pero este artículo no va de comer arquitectos, sino que se limita a hablar de la que está cayendo en el mundo de la arquitectura a propósito del Pabellón Puente de Zaha Hadid.


En resumen, por lo que he podido saber hasta ahora, el Pabellón Puente gusta al ciudadano-paseante común y disgusta hasta el sarcasmo a los arquitectos. Quiero decir en términos generales, porque se dan casos de ciudadanos-paseantes horrorizados y de arquitectos satisfechos que aplauden hasta que se les ponen rojas las palmas de las manos. Esto ha generado una polémica entre los arquitectos, polémica que ha pasado desapercibida a los ciudadanos-paseantes, que bastante tienen con pasear y buscar una sombra en los secarrales de la Expo.

El fuego lo abrió todo un gurú de la crítica arquitectónica mundial, el británico William J. R. Curtis, autor del venerado libro La arquitectura moderna desde 1900. En un extenso y afilado artículo publicado en el suplemento Babelia de El País una semana antes de la inauguración de la Expo, se refirió a la obra de Hadid en estos términos:

"El puente es una de esas obras 'con firma' procedentes de un miembro del star system internacional y uno tiene la impresión de que procede de
otro planeta. Al ser tan excesivo en su expresionismo escultórico e impreciso en su articulación estructural y en sus detalles, hace que uno anhele una solución más sencilla y rigurosa que esté más acorde con el terreno y que, al mismo tiempo, permita a la gente disfrutar de las vistas del río. Cierto es que se supone que en este puente para peatones se van a organizar exposiciones, pero sigue siendo con exceso introvertido".


Vamos, que Mr. Curtis no dijo más porque la proverbial flema británica le conmina a encorsetar su discurso en los límites de la caballerosidad, pero queda claro que el Pabellón Puente no le ha gustado nada.


No es la única voz del mundo arquitectónico que se expresa en términos parecidos, y las críticas en los últimos meses han sido tantas que la propia Zaha Hadid, cuando vino a Zaragoza a inaugurar su obra hace un par de semanas, pidió respeto: "Yo no hablo de los puentes de otros arquitectos", declaró, como diciendo: "No me tiren de la lengua, que las gasto muy malas". No sabemos si durante la cena que disfrutó en El Fuelle -donde todo el mundo sabe que el recio vino de la tierra que sirven con generosidad en las tradicionales jarras de barro suelta la sin hueso una barbaridad- se explayó con mayor profusión. Tampoco se sabe si a Mr. Curtis le pitaron los oídos esa noche.

Al margen de lo estrictamente arquitectónico, el puente de la gran dama iraquí ha sido criticado por su sobrecoste, por su supuestamente innecesaria complejidad técnica y por la cantidad de esfuerzo suplementario que ha obligado a hacer en el dragado del Ebro para su cimentación. Las malas lenguas dicen que Ibercaja, su propietario para después de la Expo, todavía no tiene muy claro qué hacer con él, pues su complicado y sinuoso interior no permite montar un museo en condiciones. Pero yo, que soy un lego superficial que apenas tiene opinión de nada, me quedo con la broma que hacen en el blog Mi mesa cojea, donde lo comparan con un ovni. En concreto, con un ovni de una conocida serie de televisión.

A estas alturas, ¿sufren mucho por la pobre Zaha Hadid? ¿No soportan verla zaherida por las críticas inmisericordes de sus mezquinos y envidiosos colegas? Pues no padezcan más, porque ya hay un arquitecto andante que ha salido a su rescate cabalgando en su brava montura de dinteles y capiteles jónicos.

El héroe se llama Diego Fullaondo, y en una serie de artículos publicados en el portal Soitu (periódico digital elaborado por disidentes de elmundo.es) reta a duelo a quienes mancillen el honor de Zaha. Al menos, a quienes lo mancillen sin dar argumentos de peso. Al loro:


"Creo que lo que asusta tanto a los especialistas es la desbordada voluntad
expresiva del puente. Una voluntad expresiva que conforma íntegramente todos los elementos constitutivos del edificio. Estructura, instalaciones, acabados, cerramientos y por supuesto el espacio, se supeditan al impulso creativo inicial, obligando a realizar soluciones no convencionales para cada uno de los apartados. Mientras, de manera magistral, el hayedo del Pabellón de España consigue traducir su metáfora inicial a elementos tradicionales y reconocibles de la arquitectura contemporánea, el proyecto de Zaha propone una nueva definición en todo su lenguaje arquitectónico".

Fullaondo tacha de insustanciales y banales muchas de las críticas que se han hecho al Pabellón Puente. Se despacha a gusto: "Argumentaciones simplonas y tabernarias, más propias de una acalorada discusión futbolística que de cualquier otra cosa. Su profunda mediocridad, suavemente informada, les hace despreciar todo aquello que no entienden".

Vamos, que la cosa está calentita. ¿Y a vosotros, qué os parece? ¿Lo habéis visto por dentro y por fuera? ¿De día y de noche? ¿Con sol y nublado? ¿Qué os sugiere? Hablad, nos os cortéis, pues aquí está hablando todo el mundo.

Fotos: José Carlos León.

ODA AL AUTOBUSERO

. 29 jun 2008
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He de empezar aclarando que pertenezo a esa apestosa minoría que va al trabajo dando un paseo, y que el único transporte -público o privado- que uso en la ciudad son los taxis, y solo los cojo por motivos de trabajo o cuando la prisa aprieta. Por tanto, no sé cómo es el servicio normal de transporte urbano en Zaragoza -hasta que no empezó la Expo ni siquiera sabía sus tarifas-, aunque si me tengo que fiar de lo que me cuentan quienes lo sufren, no puedo decir muchas cosas buenas.
Hecha esta precisión-confesión de peatón, puedo comenzar la oda.
Tienen mala fama, reconozcámoslo. Rara vez se les dedica una carta al director amable y cuando alguien se acuerda de ellos es para mentar a sus parientes, muy en especial a esas sufridas madres que tanto paren. El año pasado fue especialmente turbulento, se fueron a la huelga en un par de ocasiones y no todos los ciudadanos entendieron sus reivindicaciones, que estaban directamente relacionadas con el exceso de trabajo de la muestra. No sé exactamente a qué acuerdo llegaron con la empresa, ni si éste les satisifizo, pero lo que sí que puedo decir es que, por lo que a mí respecta, me quito el sombrero ante el desempeño que están demostrando estos días.

De todo hay, claro, y gente malencarada la encuentras en todos los ámbitos profesionales, pero parece que la Expo ha contribuido a hacer un servicio amable. Ahora que cojo el bus casi todos los días para ir a Ranillas, me han sorprendido muy gratamente la sonrisa, la amabilidad y la disposición de los conductores, y muy en especial, de las conductoras. El otro día, una de ellas hasta salió de su cubículo y se ofreció amablemente a indicar a un despistado turista cómo llegar a su hotel desde una parada del paseo de Pamplona. Un poco más y se lo lleva de la mano. Lo nunca visto.

Subo al bus, nos saludamos como seres humanos civilizados (buenos días, buenas tardes, buenas noches, buenas madrugadas... Lo que proceda en cada caso), pido el billete por favor, me dan los cambios con una sonrisa y hasta me dan las gracias. Ya puedo decir que el maltrato y la antipatía son excepcionales, y que la amabilidad es hegemónica.

El transporte público, fuente y catalizador de cabreos y malos rollos cotidianos, parece aquejado de un buenrollismo insólito. Junto a los autobuses, decenas de ciclistas con sus "bizis" le dan un aire todavía más desenfadado a la ciudad, y en las marquesinas de la Expo, los voluntarios te indican qué línea es la que te llevará con mayor prontitud a tu destino. Estoy maravillado: pensaba que coger el autobús a diario iba a suponer un suplicio inaguantable y resulta que me gusta y todo. Y eso que también he sufrido retrasos y he llegado tarde un par de veces por culpa de TUZSA.

¿Me pasará solo a mí? ¿Estaré tan contento con el cambio que está viviendo Zaragoza que no me fijo en lo malo? ¿He perdido por completo la perspectiva? No sé, contadme vosotros, que seguro que tenéis una visión del autobusero medio y del servicio de transporte de Zaragoza más ajustada a la realidad. A mí me apetecía decirles que creo que se lo están currando bien, porque soy de los que piensan que el trabajo bien hecho merece un reconocimiento más allá del sueldo.

Hala, ya lo he dicho.
Fotos: Juan Carlos Arcos.

FÚTBOL Y OTRAS HISTORIAS TRISTES

. 27 jun 2008
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En estos días de euforia futbolera prefinal de Eurocopa me he tropezado en la Expo con un objeto difícil de clasificar, eclipsado por las piezas que se exhiben a su alrededor. Es un objeto-símbolo, una especie de talismán que rebota en muchos huecos de la conciencia. Es un objeto que habla de fútbol, pero de un fútbol jugado por otros futbolistas muy distintos y distantes de los que se batieron el cobre el jueves pasado frente a Rusia, y de los que se lo volverán a batir el domingo frente a Alemania.


A la terca y mísera minoría a la que no nos gusta el fútbol nos cuesta comprender que pueda haber alguien a quien este deporte le haya salvado la vida, pero este objeto nos ayuda bastante a meternos en la piel de quienes así lo sienten.

El objeto en cuestión es este:


Así, sin más información, deja bastante frío. Es una cosa feúcha y sin gracia, casi de mal gusto, nada emocionante.

Se trata de un trofeo que se entregaba a los ganadores de un torneo de fútbol. Su diseño es obra de Thabo Ngcobo y su confección, de DJ Mpahlwa. No es una antigüedad (es de comienzos de los ochenta) y sus materiales son pobretones. Y, sin embargo, tiene un enorme valor. Porque Thabo Ngcobo y DJ Mpahlwa eran prisioneros políticos en la siniestra Isla de Robben, una especie de Alcatraz sudafricana, 12 kilómetros mar adentro de la costa de Ciudad del Cabo, donde el régimen del apartheid encerraba a los negros díscolos. Allí cumplió condena Nelson Mandela.

Para no sucumbir al tedio ni al desánimo, los presos organizaban torneos de fútbol, y este sencillo trofeo era el premio que recibían los vencedores. Hoy se puede ver en la Expo, en la sala de la República Sudafricana del pabellón del África Subsahariana.

Es un objeto heroico, que se engrandece más cuando el visitante se da cuenta de que forma parte de la campaña de promoción del Mundial de Fútbol de 2010, que se celebrará en Sudáfrica (y que publicitan en la Expo). Nacido de la desesperación de un puñado de hombres valientes que forzaron la caída de uno de los más ignominiosos regímenes racistas del planeta, ese humilde trozo de madera resume el orgullo y los deseos de un pueblo por centrar la atención del mundo. Por centrarla en sus logros, no en sus miserias.

¿Quién dijo que en la Expo solo se aprenden cosas del agua y sus liquideces? Al sentarme al ordenador, consulto al oráculo de Google para saber más sobre la Isla de Robben, que durante unos años ocupó todos los titulares de la prensa internacional, por la tristemente famosa brutalidad de sus carceleros y por la relevancia de uno de sus inquilinos, Nelson Mandela.

Hoy felizmente desocupada, como tantos otros centros de detención del mundo (Alcatraz, los campos de concentración nazis...), solo es una inofensiva atracción turística para los visitantes de Ciudad del Cabo. Un ferry te lleva allí en un paseo y, una vez dentro, se puede recorrer siguiendo el itinerario del Museo de la Isla de Robben en el que se ha convertido. Allí te cuentan que la isla ha sido usada como centro penitenciario desde que se estableció la colonia de Ciudad del Cabo, y en una visita que pretende ser escalofriante, aleccionadora y didáctica, te enseñan el legado de un tiempo espantoso que los sudafricanos quieren dejar definitivamente atrás.

Jugar al fútbol allí debía de ser la única forma que muchos de los prisioneros encontraron para seguir sintiendo su humanidad, que es un sentimiento que se diluye con facilidad de azucarillo cuando los tiranos aprietan fuerte. Quizá ganar ese trofeo era para ellos más importante que para la selección española ganar la final contra Alemania. Porque ellos no jugaban por una bandera, ni por unos euros, ni por una carrera profesional. Ellos jugaban por su vida.



Hay un documental de la BBC titulado Voces de la Isla de Robben, del cual os puedo ofrecer diez minutos (en inglés):


Son cientos las sorpresas que esconde la Expo. En Ranillas hay mil hilos de los que tirar. A ver si deshacemos unas cuantas madejas en este blog.

SORPRÉNDEME

. 26 jun 2008
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Gordas y broncíneas, las esculturas de Manolo Valdés se han aposentado en Independencia, recordándonos a los exposaturados zaragozanos que el mundo no se acaba en Ranillas, que hay una ciudad que sigue viviendo y gozando y sudando en sus centenarias, recalentadas y prosaicas calles.




Dicen que somos animales de costumbres, casi tanto como los perros, y que tendemos a hacer los mismos trayectos con los mismos rituales cada día. Lo han comprobado hace poco con un experimento sociológico haciendo un seguimiento de teléfonos móviles. Hace un tiempo, la directora de una unidad de trastornos del sueño me ilustró en una entrevista sobre la importancia que tienen los pequeños ritos cotidianos para conciliar el sueño. Ritos de sueño los llaman, una expresión que a mí me suena a título de libro de poesía erótica.

Concedido: los humanos somos tipos rutinarios con tendencia al aburrimiento, de ahí el éxito de ciertas fórmulas televisivas. Pero también buscamos desesperadamente el asombro, nos gustan los regalos sorpresa, nos divorciamos de quien no es capaz de arrancarnos una exclamación de cuando en cuando, y nos enamoramos de los personajes "salvajes e impredecibles". "What are you gonna do now? Something wild and unpredictible?", le preguntaba ansiosa Miss O'Shaughnessy a Sam Spade-Bogart en El halcón maltés ("¿qué vas a hacer ahora? ¿Algo salvaje e impredecible?").

Sí, sorpréndeme, pero no tanto como para que me dé un patatús. Sorpréndeme lo justo para alegrarme el día, la mañana, el instante. Lo suficiente para animarme a seguir caminando con una sonrisa. Ése es el deseo que hay detrás de la propuesta "Arte en la calle" de La Caixa, con las orondas esculturas de Manolo Valdés en el centro de Zaragoza: dejar que la ciudad te alegre el día con algo inesperado que te haga ralentizar el paso y desviar la mirada de tus quehaceres.

En lugares excepcionales como la Expo uno espera ser sorprendido constantemente. Exige la sorpresa en sesión contínua, sin tregua. Ranillas ha de ser un sorpresódromo, y los visitantes pedimos a las meninges de sus responsables un esfuerzo mayúsculo para que no nos aburran.

Pero la Expo es un paréntesis abierto en la ciudad, y a la ciudad no le exigimos esa sorpresa. Es más, muchos le exigen justamente lo contrario: serenidad, seguridad, certidumbre, orden. La poesía chispeante, en Ranillas; la prosa notarial, en la ciudad.

Hoy, los zaragozanos han dejado colarse unos versillos en la dura prosa del día a día. Han rodeado las cabezas y las meninas de Valdés, las han tocado, han dejado que los niños corrieran alrededor de ellas y se han hecho fotos poniendo caras entre los agujeros del metal. ¿Por qué la ciudad no nos da más alegrías como esta de vez en cuando?

El festival En la Frontera, rescatado de los turbulentos años 80 en el primer mandato de Belloch y ajusticiado sin piedad por la actual Administración municipal, con los bolsillos más tiesos que la mojama después de la Expo, pretendía darle algo de alegría a Zaragoza periódicamente. Sí, muchos pasaban ante las performances y las intervenciones artísticas poniendo caras raras, sin saber qué diantres significaban, temiendo mostrar su perplejidad para no quedar como paletos insensibles, pero otros muchos simplemente se dejaban llevar, disfrutando de la sorpresa de encontrarse algo que, según nos han enseñado en la escuela y en las ordenanzas municipales, no debería estar ahí, en medio de la calle.

Las infraestructuras, las inversiones y la modernización del urbanismo de la ciudad están muy bien y son unos legados fantásticos que nos va a dejar la Expo. Pero, ¿alguien ha pensado que de Ranillas se podría rescatar también ese espíritu juguetón? ¿No deberíamos exigirle a la ciudad que nos sorprenda y nos alegre el día más a menudo?

Fotos: Carlos Moncín.

DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

. 25 jun 2008
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No, si al final vamos a hacer todos como los muchos vecinos que pusieron el grito en el cielo cuando dijeron que no se podría entrar con comida en la Expo. Con sus protestas, lograron que Expoagua reblara, y ahora creo que se lo vamos a agradecer unos cuantos. Y no porque no tuviéramos ilusión por probar las maravillas exóticas de los cinco continentes que en Ranillas se ofrecen, que si nos ponemos sibaritas podemos dejar atrás a la Preysler y a todo su séquito de Ferrero Rocher, sino porque bien está lo que está bien.


Concretando un poco más: que empiezo a dudar de que las sabrosísimas y delicadas delicias de Polonia, de Uruguay, de Lituania, de Italia, de Francia o de Japón merezcan el calvario de aguantar colas de más de una hora; un servicio desesperadamente lento que, con penosa frecuencia, no habla castellano y con el que te tienes que pelear en inglés, y, como puntilla, unos precios que cortan la digestión.


Vamos, que si usted quiere darse un homenaje en condiciones con un plato cocinado por un chef y huir de hamburguesas, pizzas precocinadas y bocatas de traslúcido salchichón que despachan en los chiringuitos del recinto, tendrá que sufrir. Y si ya quiere acompañar ese plato con un vinito ad hoc, prepárese.


Lo que voy a contar es una historia real vivida por el firmante de este blog. El método científico de preguntar a amigos y conocidos me ha permitido averiguar que historias similares a esta -incluso más desesperantes todavía- se han vivido en otros pabellones con restaurante. La saturación de público y la desorganización, salvo honrosas excepciones, cunden más de lo deseable.


Restaurante del pabellón de Polonia, rebautizado desde ya como "el pabellón peludo", por la decoración del local. Dos de la tarde. Con dificultad, cinco intrépidos amigos han logrado encontrar una mesa para degustar la desconocida gastronomía de aquel país. El menú tiene buena pinta, y los amigos procuran no fijarse mucho en los precios de los platos (casi ninguno por debajo de los 20 euros). Un día es un día y los cinco pueden permitirse el capricho sin que se les hunda la economía familiar.


Interior del pabellón de Polonia (foto: Efe)


Tras unos veinte minutos de espera, un joven camarero que solo habla polaco e inglés toma nota del pedido. Algunos piden dos platos y otros solo uno: ensalada de la Galicia polaca, sopa fría de remolacha, arenques, dos golabkis (no sabría decir en qué consistía el golabki) y un estofado de cordero. Para beber, cervezas polacas para todos.

Pasa el tiempo y el camarero viene y va por el local sin traer nada. En la mesa de la izquierda, una familia espera también su comanda. En la de la derecha, un niño pequeño grita, al borde del colapso: "¡Jo, mamá, diles que traigan la comida ya...!". Se respira angustia de hambrientos, aire de amotinamiento.

Pasan otros diez minutos y nuestra mesa sigue inmaculada. Se empieza a perder el buen humor.

Llegan las cervezas. Se bebe con avidez, rozando la mala educación.

Se acaban las cervezas. La comida sigue sin llegar. La familia de la izquierda, que ha comido a trompicones, nos lanza sonrisas de empatía. Son unos catalanes que pasan unos días en Zaragoza: "Ayer comimos en Bélgica, el mismo desastre", anuncian con resignación. Nos compadecemos mutuamente.

Tres cuartos de hora después, llega la sopa y los arenques. Diez minutos más tarde, los cubiertos.

Pasa otro cuarto de hora: tercera ronda de cervezas. Sentimientos etílicos.

Llega la ensalada de la Galicia polaca. Sin cubiertos. Los tres amigos que todavía no tenemos comida miramos los platos al borde del llanto.

Reclamación y súplica en inglés al camarero. Encogimiento de hombros del camarero en el lenguaje universal del pasotismo.

Una hora y cuarto después de habernos sentado llegan tres de los cuatro platos que faltan. Una de las amigas renuncia a que le traigan el segundo: tiene que volver corriendo al trabajo.

Más cervezas para acompañar la deglución (el verbo comer ya no sirve para describir los actos que se vivien) los platos. Las cervezas llegan cuando los platos han sido deglutidos.

La cuenta, contra todo pronóstico, aparece con prontitud y diligencia. Repaso escrupuloso: solo faltaba que cobraran de más. No cobran de más, aunque sí de mucho: 107 euros. Todos tenemos hambre y una leve intoxicación etílica. Se nos han quitado las ganas de viajar a Polonia. Y, por un momento, también las de vivir.

¿Que por qué no nos fuimos y por qué no reclamamos? Porque somos gente conformada y discreta. Y un poco tontos, la verdad.

De hecho, somos tan tontos que otro día comeremos en otro sitio donde viviremos experiencias parecidas, pero es que, pese a todo, seguimos pensando que una de las cosas más majas de la Expo es la posibilidad de comer especialidades de gastronomías que no figuran en la oferta de restaurantes de Zaragoza. Porque, más allá de que el servicio sea bueno o malo y de que los precios sean disparatados o razonables, lo que más cuesta arriba se hace son las larguísimas colas que se forman a la hora de comer y de cenar.

La cuestión es: ¿merece la pena el sacrificio? Que cada cual lo calibre, pero para llevar el bocata de casa siempre hay tiempo.


PS: hoy jueves toca Dayna Kurtz en el Balcón de las Músicas (ver reseña en Muévete en la Expo). Alimento para el alma y para el oído. Y este sí que no tiene trampa ni mal servicio: una delicatessen musical insuperable. No se lo pierdan.

ZARAGOZA POR UN TUBO (1)

. 24 jun 2008
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¿Que si la capital aragonesa está en el mundo? No sé si la Expo ha logrado ya ese objetivo, pero si el mundo tiene algo que ver con You Tube, Zaragoza está un poquito más presente en el mundo que ayer, pero menos que mañana (esperemos).

Aquí va una primera tanda de cómo nos ven por el mundo, a través de piezas sobre la Expo que se pueden encontrar en la famosa página.

Para abrir boca, dos vídeos un pelín viejos, que rodó la pasada primavera el periodista de viajes británico Simon Calder (gran conocedor de Latinoamérica y popular tanto por sus crónicas en The Independent como por sus programas en la BBC). Son dos partes de 48 horas en Zaragoza, un documental rodado para el canal audiovisual de The Independent.

En esta primera pieza veréis la plaza del Pilar, los alrededores de la plaza de Santa Marta, una torre del Pilar por dentro, el Pilar y la Seo por dentro, Santa Engracia, el Patio de la Infanta, callejeo... También se pone fino de comer en varias tascas. Está en inglés sin traducir, pero no os preocupéis, que aunque no entendáis la lengua, os divertiréis oyéndole decir "Puente de Piedra", "café con leche" y "muchas gracias".



En la segunda parte, de compras, de más tapeo y una incursión a una Expo que todavía no estaba abierta.



Sin salir del Reino Unido, os invito a ver cómo ha informado la BBC de la Expo. El canal británico, por motivos de copyright, no permite incrustar sus vídeos en blogs (You Tube oculta los códigos HTML necesarios para ello), así que para disfrutarlo tenéis que pinchar aquí.

Cruzando el canal y pasando al país de nuestros complejos y amados vecinos del norte, se pueden ver dos vídeos. Éste primero es la información con la que France 24, el canal de noticias internacional del Estado francés, dio cuenta de la inauguración de la Expo:



Aquí, la misma noticia, pero para el canal que emite para el público anglófono:



Hay mucho más, pero hay que buscarlo con paciencia. Seguiré ofreciendo piezas cortas y curiosidades que depare el siempre fantástico You Tube, pero si queréis echarme una mano, podéis hacerme llegar enlaces de vídeos que encontréis vosotros a través de los comentarios. Entre todos, iremos creando una galería de Zaragoza vista por las teles extranjeras.

FALSAS PROMESAS EN LA TORRE DEL AGUA

. 23 jun 2008
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Vaya, vaya con la Torre del Agua. ¿Por qué la quieren tan poco? ¿Por qué la han dejado al otro lado de la avenida, en esa isla junto al teleférico? Desde fuera, parece la reina de la fiesta, nuestra particular y postmoderna Torre Eiffel dominando el nuevo skyline zaragozano, pero una vez dentro de Ranillas, se muestra como un ser algo marginado, como si se hubiera quedado sola en la puerta, abandonada por el resto de pabellones.


Por no haber, no hay baños a la vista, como ya se ha comentado en alguna ocasión. No sé si a estas alturas (de tiempo, no las de la torre) se ha subsanado ya la carencia, supongo que sí, pero si no es así, recomiendo hacer una visita al WC antes de cruzar la pasarela. Háganme caso y emprendan la incursión a la torre bien desahogados, que luego el rumor de las aguas y las abundantísimas referencias acuáticas pueden parecerles una sutil e insufrible tortura.

Recomendación número dos: lleven calzado cómodo, porque hay que andar. De hecho, no se puede hacer otra cosa si se quiere completar la visita.

Terminado el tramo de escaleras mecánicas, se llega al espacio donde cuelga la impresionante escultura "Splash". La visión entona y estimula al visitante, que quiere llegar arriba y disfrutar de las vistas. Como soy de natural vago, me dirigí a uno de esos ascensores panorámicos, pero una señal con el icono de una silla de ruedas me disuadió.
Me miré de arriba abajo, me palpé el cuerpo, y al no encontrar en él indicios serios de discapacidad, maldije mi buena mala salud y le di la espalda a los elevadores. Habrá que andar, me dije

Por suerte, el ascenso no se realiza por escaleras, sino siguiendo unas levísimas rampas que se enroscan por las paredes acristaladas del edificio. En el arranque de la rampa, como una esfinge, una voluntaria controlaba el paso. Temí que me pidiera resolver un acertijo o deshacer una paradoja antes de franqueármelo, pero su misión solo consistía en advertir: "Si empiezan a subir, tienen que llegar hasta el final, no pueden dar media vuelta. Son más de 900 metros, unos 17 minutos".

Contuve el escalofrío que atravesó mi espinazo ante la terrible admonición, me di ánimos y me dije: "Venga, tío, sin mirar atrás, to palante".
Enseguida descubrí un aliciente: la flecha que indica el camino a la cima lleva una leyenda que dice "Al Nube Bar". Oh, el Nube Bar. Qué sugerente. Todas las penurias de la escalada merecerían la pena si al final me esperaba el Nube Bar. Música chill-out, butacones y divanes orientados hacia el Moncayo, martinis agitados y no revueltos, quien sabe si alguna guapa actriz en traje de noche con la que alternar... Bien, de acuerdo, quizá se me fue un poco la mano con la ensoñación, pero no me digan que el nombre del bar no sonaba a promesa de felicidad.
Espoleado por mis febriles deseos, emprendí la escalada, disfrutando de las vistas que se abrían a derecha y a izquierda.
A la derecha, cambiantes perspectivas de la escultura "Splash" y juegos visuales de la colmena humana que subía y bajaba por las rampas, tal que así:


A la izquierda, una Zaragoza nunca vista, crecida en el llano acribillado por el sol, como un trigal de cemento que se resiste a encorvarse por la fuerza de los rayos y se mantiene calmo y firme. También aparecían al norte las ripas calizas que marcan el límite de la depresión del Ebro, con sus cortados duros encajonando el paisaje y enmarcando los huertos todavía verdes. La gente lo miraba todo tal que así:




Un agradable paseo. Quizá demasiado hermético, a ratos algo claustrofóbico. Parecía que en vez de ascender, bajábamos por las galerías de una mina. Eché de menos algo de contacto con el exterior, un poco de brisa que le recordara a mi piel que estaba en el techo de la ciudad. Supongo que la gente con vértigo agradecerá que no sea así.

Al fin, tras cerca de 20 minutos de paseo, alcancé el Nube Bar, y mientras meditaba qué cóctel premiaría mejor mi heroica hazaña escaladora (¿un dry martini, un gin tonic, una sencilla pero deliciosa cerveza?), la decepción me aplastó contra el suelo. De hecho, mi alma se desplomó los casi 30 pisos que tiene la torre.

Tras la promesa del nombre de Nube Bar no había chill-out, ni butacas y divanes orientados hacia espléndidas cristaleras, ni martinis agitados, ni siquiera revueltos, ni guapas actrices en trajes de noche. El Nube Bar solo es un dispensador de rancho. Y rancho malo: una cafetería de las de hacer cola y llevar tu propia bandeja, como las de las áreas de servicio de las autopistas o los comedores de un colegio.

¿Fue mi culpa imaginarme otra cosa? Me sentí como aquellos que ligan por Internet y acuden a la cita creyendo, por la foto y la descripción del mail, que van a encontrarse con Angelina Jolie, y quien aparece es Lina Morgan.

Así que hice como estos frustrados ligones de Internet: bajé la vista, procuré no ser visto y me di media vuelta sin presentarme.

¿De qué va este blog?

El asombro cotidiano de alguien que se siente turista en su propia ciudad. Armado con una cámara, el periodista de HERALDO Sergio del Molino capturará fotos y vídeos de la ciudad de la Expo (e incluso de la propia Expo) y los servirá aquí aliñados con sus balbuceos de hombre asombrado ante el progreso. A veces, en pequeñas dosis, como una tapa de anca de ranilla. Otras veces, en plato grande, hasta el hartazgo.

Podéis comentar cada entrada con libertad, pero el autor del blog se reserva el derecho de moderar las intervenciones, por eso pueden tardar un tiempo en aparecer en la página.

¿Quién lo escribe?

¿Quién lo escribe?
Sergio del Molino