ROCK EN EL APARCAMIENTO
ADIÓS, SERGIO ALGORA
DEL SUSPENSO AL SOBRESALIENTE
Supongo que pasará en todos los saraos internacionales en los que se imponga a los participantes un pie forzado (en este caso, por si no se habían enterado, el pie forzado es el agua). Se parece mucho a una clase escolar que tiene que hacer un ejercicio sobre un tema. Hay alumnos que siguen a rajatabla el pie forzado, tanto, que resultan planos e insustanciales. Son correctos aunque sosos, el profesor no puede suspenderles, pero tampoco puede ponerles una nota muy alta. Los hay que se limitan a cubrir el expediente, salvando los muebles de forma chapucera e improvisada. Estos están al borde del suspenso. Otros alumnos se pasan el pie forzado por el forro y escriben lo que les da la gana, porque ellos están en la clase sin interés por lo que se hace en ella. Algunos miembros de este grupo pueden salvarse del suspenso en función de la jeta que le echen: si su desparpajo y cara dura son medianamente ingeniosos y hacen gracia al profesor puede que se libren.
Entre los alumnos que se han ceñido estrictamente al tema del agua pero sin esforzarse por aportar nada medianamente atractivo u original están -en mi humilde opinión- Portugal, Francia y algunos de los países englobados en el pabellón de América Latina. Portugal ha resuelto el espacio hablando de sus ríos, que nacen en España, con una serie de fotografías y paneles. Francia ha llenado de juegos interactivos sus dos pisos de pabellón y, en un primer momento, parece que se lo ha currado mucho, pero después de tocar unos cuantos cachivaches y sentir lo que siente una gota al ser desalada, uno se queda con la sensación de que lo que realmente hay ahí es un stand de promoción turística de los departamentos pirenaicos, con folletos por todas partes. Están bien, pero uno no puede evitar pensar que falta algo. Incluiría en esta categoría de "notable bajo" a Bélgica (pese a las fantásticas cervezas que sirve en su bar, y que le hacen merecedora de una nota mucho más alta) y a Polonia. Ojo, que no es que los ejercicios de estos alumnos estén mal. Es que, estando bien, da la impresión de que podrían estar mucho mejor.
China sería un buen ejemplo de ese grupo que hace el ejercicio deprisa y corriendo. ¿De qué va esto, de agua? Pues venga, rápido, móntenme unas cuantas cosas acuáticas con muchas pantallas y acabemos pronto. Parece que la compleja relación que una cultura rica y milenaria como la China ha tenido con sus larguísimos ríos y sus épicas inundaciones monzónicas, con sus campos de arroz, sus embarcaciones tradicionales y con todo lo que se les venga a la cabeza, daba para algo más que para unas cuantas pantallas que ni siquiera son interactivas (en una Expo donde todo es táctil y juguetón). China aprobaría por los pelos.
Lituania se libra del suspenso porque, aunque tampoco ha sido muy escrupuloso con el pie forzado y ha venido a Zaragoza a vender sus lindezas turísticas (y sus gestas baloncestísticas), es el pabellón ideal para toda la familia. La fuente de su interior, idéntica a la que hay en la plaza temática Oikos, es el entretenimiento perfecto de los niños. Y mientras los chavales se remojan y corretean entre los chorros, los papás pueden reponer fuerzas con una fantástica cerveza lituana o con un vaso de sidra de pera, que ya he mencionado en este blog como una de las mejores cosas que se pueden probar en la Expo. El bar, integrado en el pabellón, tiene muy buen ambiente.
Los vecinos del sur del Estrecho no solo han creado un agradabilísmo espacio moruno-andalusí con sus columnas y sus arcos de herradura, que se agradece con la canícula, sino que, como alumnos aplicados, han trascendido el pie forzado del agua y lo han reinterpretado. Así, han traído una estupenda exposición de cerámica del Rif y de otras regiones marroquíes para ilustrar de una forma estética, histórica y dramática la relación que los marroquíes han tenido con el agua: vasijas y cántaros que han cruzado el desierto y las ásperas montañas y que han marcado un modo de vida. Una agradable sorpresa muy bien pensada.
Con Tailandia, el profesor dudaría si ponerle un sobresaliente o dejarlo en notable alto, porque la verdad es que algunos aspectos de la presentación dejan un poco que desear, museísticamente hablando, pero se agradece mucho el esfuerzo que han puesto en otros detalles. De hecho, dudo muchísimo si incluirlo aquí, porque lo cierto es que no tengo muy claro qué es lo que de verdad me ha gustado. Supongo que el trono que van a regalar a la ciudad (¿dónde lo pondrán?) y la escultura del Árbol del Agua. Las barcas de transporte fluvial expuestas son muy interesantes. Es pobre, cierto, y los maniquíes de la entrada dan un poco de mal rollo, pero uno sale de allí con una buena sensación.DOCTOR JEKYLL Y MR. HYDE
La Expo, ya se habrán dado cuenta, es como Jekyll y Hyde. Jekyll de día y Hyde de noche. Al principio, creía que la transformación se debía al brebaje cervecil que se consume en Fluvivaso, pero ahora me inclino a pensar que la poción mágica es la sidra de pera que sirven en el pabellón de Lituania. Pruébenla y me cuentan qué tal.
Ya sé que en la novela de Stevenson Jekyll es un respetado burgués londinense, un docto caballero que fuma en pipa y lee junto al fuego. Pero vivimos donde vivimos, y Jekyll solo puede ser un señor de mediana edad, con pantalones cortos (cómodos y frescos para la solana) que viaja con una corte de variada extensión. La versión más reducida de esa corte es la compuesta en exclusiva por su señora, y la más amplia, por su señora, numerosa prole (desde el adolescente enfurruñado al criejo saltarín), padres, suegros y cuñados.
Jekyll calza chancletas y una camisa de manga corta, la misma que luce otros veranos en Salou a la caída de la tarde, cuando toca tomar la cerveza vespertina en el paseo. Jekyll es socarrón, le escandalizan los precios de algunas cosas (de casi todas, para qué engañarse) y disfruta de lo majo que está todo. Jekyll le da a la Expo ese aire diurno tan de andar por casa, tan entrañable, tan pachanguero, tan de vermú de pueblo.
Pero, cuando cae la noche, en la Expo reina Hyde.
Este Hyde tampoco es el Hyde de Stevenson. No asesina, no da miedo, no se escurre por los antros y callejones del East End. Este Hyde es algo más joven que Jekyll. Viste informal, pero procura dar el pego y con un toque de modernidad. A las once de la noche, mientras Jekyll, desfondado y roto de recorrer pabellones, se retira a un merecido descanso, Hyde entra en Ranillas más fresco que un pimpollo. Se cruza con Jekyll, que arrastra los pies, y le sonríe desde su frescura noctámbula.
Hyde pasa de los pabellones y pide una cerveza. Ronda el Balcón de las Músicas, el Auditorio, cualquier rincón donde se escuche música y se pueda alternar. Se apoltrona en la terraza del Acuario con un cóctel de 20 euros en la mano, ligotea con una congénere en un recoleto banco a la orilla del Ebro o ataca un plato de sushi, palillos en ristre, en el restaurante de Japón (muy recomendable, por cierto: pidan un sushi lo más variado posible y gozarán tanto que no les dolerá mucho la cuenta).
Hyde tiene pase pernocta y disfruta de esa Expo nocturna con otros ritmos menos familiares que los diurnos.
Había un canal de televisión por cable que emitía videoclips de música comercial por el día y rock and roll algo más cañero y alternativo por la noche. El lema del canal era (leer con voz de locutor británico): "Smooth by day, rock by night" (tranquilo de día, rockero de noche). Así es Ranillas también.
Tenemos dos Expos en una, y en ninguna hay Fluvis. Yo, la verdad, lo agradezco: siempre he compadecido a quienes tienen que embutirse en esos trajes de mascota, y más con esta chicharrina.
Elijan con cual se quedan. O hagan como yo y no elijan: aprendan a disfrutar de ambas. No dejen que les obliguen a decir si quieren más a papá o a mamá.
DENTRO DE 50 AÑOS
Estaba en un duermevela de sofá viendo un documental del Canal de Historia (que para sestear sirven tanto como los de La 2), y al abrir el ojo legañoso vi un recinto familiar: un teleférico, carcasas de ovni parecidas a las plazas temáticas y gente paseando con garbo y entrando y saliendo maravillada de pabellones con nombres de países.
Dios mío, ¿tanto he dormido?, me pregunté. ¿Ya han pasado cien años y estoy viendo un documental histórico sobre la Expo? Me froté los ojos maldiciendo mi proverbial sueño profundo y me fijé en las imágenes. Sí, se parecía todo mucho a la Expo. Muchísimo, pero la gente vestía raro. Parecían figurantes de una peli de gansters, con unos peinados anticuadísimos y unos modelitos del Pleistoceno. Le di volumen y enseguida me enteré de que aquello era un documental sobre la Expo de Bruselas de 1958, de la que ahora se cumple medio siglo y, al parecer, los belgas están celebrando la efeméride con alegría (con alegría belga, cuidado, nada de salirse de madre).
Fue una Expo importantísima, pues fue la primera que se celebró tras la Segunda Guerra Mundial, y marcó un momento de disensión en la Guerra Fría. Estos belgas, siempre tan conciliadores y diplomáticos.
Al ver aquellas grabaciones en technicolor me pregunté: ¿es que todas las "expos" se parecen? ¿Es que todas tienen formas métálicas, sinuosas, marcianas y coloreadas? ¿Todas tienen ese aire de parque de atracciones futurista? En serio, esas secuencias de Bruselas en 1958 recordaban mucho a Ranillas en 2008.
Y como con el Canal de Historia, además de sestear, se aprenden cosas, pude apreciar en su magnificencia el Atomium, el legado más importante que aquella Expo dejó en el paisaje de la capital belga. Es, como su nombre indica, un gigantesco átomo de metal, con sus protones y neutrones y las cosas que dicen que tienen los átomos, y a su vera, los bruselenses se juntan para ver conciertos y disfrutar del fenomenal parque que hoy es lo que fue el recinto de la exposición.
No sé cómo se lo tomarían sus contemporáneos, pero erigir un monumento al átomo como reclamo principal de un sarao universal en plena Guerra Fría (sí, hombre, acuérdense: el botón rojo, los refugios subterráneos, la destrucción mutua asegurada y todas esas cosillas) no me termina de parecer de buen gusto.
Pero qué sabré yo. En 1958 la gente estaba hecha de otra pasta: veían pelis de gansters, fumaban tabaco negro y bebían bourbon sin hielo y de trago. No se les asustaba con cualquier cosa.
¿Cómo nos verán dentro de 50 años? ¿Qué legado perdurará de la Expo de Ranillas? ¿Dónde celebraremos el 50 aniversario? ¿En la Torre del Agua, en el Pabellón Puente, en un recuerdo virtual de ambos edificios? ¿Pensarán los sedientos terrícolas de dentro de medio siglo, asolados por el cambio climático, que la elección del tema del agua y el desarrollo sostenible no solo fue de pésimo gusto sino de un sarcasmo inaguantable?
Habrá que ver.
PARA TODOS LOS PÚBLICOS
No negaré que las multitudes y el calor de la masa tienen su punto. Mezclarse con el mogollón, devorar decibelios y corear estribillos verbeneros puede estar bien para un rato, pero los que tenemos el temperamento tirando a asténico preferimos un rincón donde no se nos exija adhesión hitleriana a las consignas grupales. No somos de óperas, sino de recitales de cámara.
Por suerte, la Expo es para todos los públicos, pero de verdad. No es el "para todos los públicos" hueco y complaciente que en realidad quiere decir que solo es para un determinado tipo de público: familiar, pequeñoburgués, timorato, asustadizo, monocorde. La Expo se ha hecho propósito serio de ser para todos los públicos, y en lugar de aplanar sus propuestas hasta reducirlas a una mínima expresión inane, las ha diversificado. Todos los públicos están ahí, pero cada uno en su espacio. Como debe ser.
El Balcón de las Músicas se ha convertido en un refugio para uno de esos públicos que conforman el "todos los públicos" global. Hay cuatro o cinco espectáculos diarios, pero el mejor suele ser el último, pasada ya la medianoche. Para esa hora -la mejor hora para un concierto de esas características-, Chema Fernández ha escogido una serie de delicatessen sonoras que trasladan a Ranillas el espíritu de La Casa del Loco, tal y como lleva unos años haciendo en la Lonja medieval de Sos del Rey Católico con el festival Luna Lunera.
Pequeñas delicias del panorama internacional para los amantes-degustadores de músicas sinceras, sin costra comercial: una galería de artistas de culto exquisitamente escogidos que tocan todos los palos de la música popular.
Su aforo es de 400 personas, pero yo todavía no lo he visto lleno. Estamos cuatro gatos, disfrutando de la brisa (a veces, un punto huracanada: a Dayna Kurtz casi la dejan afónica la otra noche) y del espectáculo. Las mismas caras que solemos vernos en La Casa del Loco, todas sonrientes, satisfechas de que la Expo no se haya olvidado de nuestros gustos y no nos haya abandonado en medio del habitual secarral musical en el que se transforma Zaragoza en cuanto empiezan a apretar los calores.
Por ahí suele aparecer el crítico Gonzalo de la Figuera, con mucho trabajo estos días, pero feliz, porque siempre se le ve feliz en los conciertos, y por ahí asoma el comando itinerante del Colectivo Anguila, que está haciendo una serie de retratos de los artistas que pasan por el balcón hechos en el camerino, cinco minutos antes de que salten a escena. Me dijeron un día que pasara con ellos a conocer a la cantante que tocaba ese día -de la que soy fan-, pero mi timidez atávica me retuvo en el asiento, con mi cervecita en Fluvivaso.
Siempre se repite la misma mecánica: el balcón parece concurrido en el arranque del concierto, pero tras las tres primeras canciones, los curiosos que pasaban por ahí se aburren y nos quedamos los cuatro gatos incondicionales. Conciertos cuasiprivados. Supongo que serán una ruina caracolera con tan poquitos adeptos, pero la Expo solo se vive una vez. Lo tomaremos como un regalito veraniego.
Qué noches las de este año, amigos. La brisita del Ebro, una cervecita en Fluvivaso, viejos amigos y conocidos por compañía y un elenco de artistones internacionales regalándonos nuestros privilegiados oídos.
La Expo acaba de anunciar que va a crear una entrada solo para espectáculos nocturnos, más barata. Todo un acierto, porque lo que pasa en la Expo cuando se va el sol es de lo más interesante. No se me ocurre mejor sitio en Zaragoza donde disfrutar de las veladas de verano.
Disfrútenlas ustedes también.
ARQUITECTOS A LA GREÑA
El título de esta entrada podría ser una receta de antropofagia tradicional, de esas que recupera Eugenio Monesma en sus documentales, como las patatas a la greña, pero con arquitectos. Pero no, alguien intentó prepararlo una vez y el plato resultó correoso, y un discípulo de Santi Santamaría lo calificó de "prístino ejemplo de esa antropofagia pretenciosa que no queremos en nuestros restaurantes". En lo que a canibalismo se refiere, la gente prefiere comer seres más sencillos. Siento desilusionar a los que andaban buscando en Google una receta para epatar a sus amigos y han recalado en este blog, pero este artículo no va de comer arquitectos, sino que se limita a hablar de la que está cayendo en el mundo de la arquitectura a propósito del Pabellón Puente de Zaha Hadid.
En resumen, por lo que he podido saber hasta ahora, el Pabellón Puente gusta al ciudadano-paseante común y disgusta hasta el sarcasmo a los arquitectos. Quiero decir en términos generales, porque se dan casos de ciudadanos-paseantes horrorizados y de arquitectos satisfechos que aplauden hasta que se les ponen rojas las palmas de las manos. Esto ha generado una polémica entre los arquitectos, polémica que ha pasado desapercibida a los ciudadanos-paseantes, que bastante tienen con pasear y buscar una sombra en los secarrales de la Expo.
El fuego lo abrió todo un gurú de la crítica arquitectónica mundial, el británico William J. R. Curtis, autor del venerado libro La arquitectura moderna desde 1900. En un extenso y afilado artículo publicado en el suplemento Babelia de El País una semana antes de la inauguración de la Expo, se refirió a la obra de Hadid en estos términos:
"El puente es una de esas obras 'con firma' procedentes de un miembro del star system internacional y uno tiene la impresión de que procede de
otro planeta. Al ser tan excesivo en su expresionismo escultórico e impreciso en su articulación estructural y en sus detalles, hace que uno anhele una solución más sencilla y rigurosa que esté más acorde con el terreno y que, al mismo tiempo, permita a la gente disfrutar de las vistas del río. Cierto es que se supone que en este puente para peatones se van a organizar exposiciones, pero sigue siendo con exceso introvertido".
Vamos, que Mr. Curtis no dijo más porque la proverbial flema británica le conmina a encorsetar su discurso en los límites de la caballerosidad, pero queda claro que el Pabellón Puente no le ha gustado nada.
No es la única voz del mundo arquitectónico que se expresa en términos parecidos, y las críticas en los últimos meses han sido tantas que la propia Zaha Hadid, cuando vino a Zaragoza a inaugurar su obra hace un par de semanas, pidió respeto: "Yo no hablo de los puentes de otros arquitectos", declaró, como diciendo: "No me tiren de la lengua, que las gasto muy malas". No sabemos si durante la cena que disfrutó en El Fuelle -donde todo el mundo sabe que el recio vino de la tierra que sirven con generosidad en las tradicionales jarras de barro suelta la sin hueso una barbaridad- se explayó con mayor profusión. Tampoco se sabe si a Mr. Curtis le pitaron los oídos esa noche.
Al margen de lo estrictamente arquitectónico, el puente de la gran dama iraquí ha sido criticado por su sobrecoste, por su supuestamente innecesaria complejidad técnica y por la cantidad de esfuerzo suplementario que ha obligado a hacer en el dragado del Ebro para su cimentación. Las malas lenguas dicen que Ibercaja, su propietario para después de la Expo, todavía no tiene muy claro qué hacer con él, pues su complicado y sinuoso interior no permite montar un museo en condiciones. Pero yo, que soy un lego superficial que apenas tiene opinión de nada, me quedo con la broma que hacen en el blog Mi mesa cojea, donde lo comparan con un ovni. En concreto, con un ovni de una conocida serie de televisión.
A estas alturas, ¿sufren mucho por la pobre Zaha Hadid? ¿No soportan verla zaherida por las críticas inmisericordes de sus mezquinos y envidiosos colegas? Pues no padezcan más, porque ya hay un arquitecto andante que ha salido a su rescate cabalgando en su brava montura de dinteles y capiteles jónicos.
El héroe se llama Diego Fullaondo, y en una serie de artículos publicados en el portal Soitu (periódico digital elaborado por disidentes de elmundo.es) reta a duelo a quienes mancillen el honor de Zaha. Al menos, a quienes lo mancillen sin dar argumentos de peso. Al loro:
"Creo que lo que asusta tanto a los especialistas es la desbordada voluntad
expresiva del puente. Una voluntad expresiva que conforma íntegramente todos los elementos constitutivos del edificio. Estructura, instalaciones, acabados, cerramientos y por supuesto el espacio, se supeditan al impulso creativo inicial, obligando a realizar soluciones no convencionales para cada uno de los apartados. Mientras, de manera magistral, el hayedo del Pabellón de España consigue traducir su metáfora inicial a elementos tradicionales y reconocibles de la arquitectura contemporánea, el proyecto de Zaha propone una nueva definición en todo su lenguaje arquitectónico".
Fullaondo tacha de insustanciales y banales muchas de las críticas que se han hecho al Pabellón Puente. Se despacha a gusto: "Argumentaciones simplonas y tabernarias, más propias de una acalorada discusión futbolística que de cualquier otra cosa. Su profunda mediocridad, suavemente informada, les hace despreciar todo aquello que no entienden".
Vamos, que la cosa está calentita. ¿Y a vosotros, qué os parece? ¿Lo habéis visto por dentro y por fuera? ¿De día y de noche? ¿Con sol y nublado? ¿Qué os sugiere? Hablad, nos os cortéis, pues aquí está hablando todo el mundo.
Fotos: José Carlos León.

